Un seleccionador en cada aficionado

sábado 31 de octubre de 2009

La España del serrín y la cabeza de gamba, esa misma España que comparte tribuna y andanada con cientos de articulistas y a la que los articulistas mismos representan, rugía estupefacta por que la banda del Carcaño no soltaba prenda y, cuando lo hacía, la prenda llevaba a la policía a una junquera errónea. "¡Me los dejaban a mí una noche y se iban a enterar!" "Les metía la cabeza en un cubo de mierda y los tenía ahí durante horas." "¡Qué se hizo de las electrocuciones en los huevos... Pero bueno, ¿acaso nuestra poli ha perdido las formas?" "Cuatro mindundis toreando a toda una policía nacional. ¡Menuda mierda de policía nacional!" Ciertamente, era lastimoso cómo, en cada cenáculo periodístico o tertulia barriobajera, despuntaban tres o cuatro torturadores profesionales. Hasta entonces, yo tenía entendido que en España había un seleccionador de fútbol por cada español, ahora también sé que, además de un luis aragonés, hay un general galindo. Viene esto a cuento de las paletadas de indignación a propósito del trato a Prenafeta y Alavedra. No creo que, en su caso, el Estado deba administrar la violencia de una forma tan obscena (e inútil). Tampoco creía que, en el caso de los Carcaño, hubiera de recurrirse a los electrodos. Y lo mantengo ahora, aun viendo a mis hijas corretear por el salón. Lo que no parece muy higiénico, por muy distinto que sea el delito, es rasgarse las vestiduras por el hecho de que la policía no torture ni asesine a la la chusma sevillana y luego proferir un gritito porque el juez ha esposado a dos gordos (del alcalde de Santaco, que es socialista, poco se dice; tal vez lo merezca algo más que los gordos por eso, por socialista). Y todo esto, mientras seguimos sin comprender cómo el padre de Mari Luz no se llevó a nadie por delante y venerándole por ello. Venerándole al tiempo que nos ufanamos de ser demócratas. Hay días en, en fin...

40 años y un día

sábado 24 de octubre de 2009

A eso de las ocho, en la aduana donde trabajo ya se habían descorchado tres botellas de champán, así que no quedaba otra que aguardar con elegancia a que llegaran los 40 años y un día. El comisario se afanaba en revisar unos viejos expedientes y yo, sumiso, celebraba sus estupéndicos "ensayo-error", "ensayo-error", "ensayo-error". A las ocho y media, la noche se tornó intrigante y lo que debía ser una velada tranquila rompió en una salva de aplausos, un homenaje sorprendente, una cena que me ha dejado una muesca en la memoria. Hubo un instante, apenas un lapso, en que el lagrimal titubeó. Entonces recordé unas palabras a cuenta del infundado prestigio del llanto masculino y la noche rodó hacia la fraternidad, las declamaciones y el tintineo de las cucharillas contra el cristal. Queda en el recuerdo la sonrisa pérfida de Oriol Trillas, que asiste a la contemplación de la vida desde el tendido 5, el cariñoso comedimiento de Fina y Carme, vilanovinas de Burgos, el viajero insaciable al que un periódico mató de hambre el día anterior y que sólo tras cenar dos veces estuvo en paz con Dios y consigo mismo, una mujer de ojos acuosos a quien Magela comparó con Francesca Neri. Purificación, que atravesó la madrugada sin que la fractura le impidiera prodigarse en sus guiños maternales. Julio, que sabe aislar la verdad entre aparentes contradicciones (¡y sin un maldito pestañeo ni quiebro chulesco!). Mi primísima, cómplice necesaria de una encerrona que debo, de aquí a la eternidad, a Verónica Puertollano. Ludwig, que me impartió sin pretenderlo un máster de restauración. Almudena, que alternó dos cenas y agigantó su leyenda de mujer a caballo entre la intendencia y el verso suelto. El barbudo Enrique, cuya grandilocuente sobriedad se cobró dos orejas y mi sincero afecto. Juan Carlos, que tuvo a bien recordarme que nuestra amistad se forjó una noche de tango y zambra en que nos arrancamos por Joan Baptista Humet. Cristina, cuyas impresionantes dotes de delincuente genetiana tienden a mejorar entre hombres y mujeres de derechas. Y Raúl.
Luego de la cena, el viejo debate entre peteristas, tirsistas y drymartinistas. Esta vez, los peteristas vencimos por goleada. Allí, un agotamiento imperial, un cierto hartazgo de la mera visión del alcohol (sobre todo, de los copones de gintonic), la súbita añoranza de un Esmeralda servido por Míriam, un apartamiento para vislumbrar la conversación general. Y la novedosa impresión de que, antes que estar sumido en el candor de la gratitud, me hallaba a merced de la felicidad. Aun así, vaya para todos un abrazo a la madrileña, gesto del que, según Trillas, soy un consumado practicante. Ya saben: plas, plas, plas... ¡Comemos! Vaya para los que estuvieron y para los que no (muy especialmente para Dani Tercero).

Entón

viernes 23 de octubre de 2009

Hoy cumplo aproximadamente cuarenta años.


Buenas tardes,

El blanco y el negro

martes 20 de octubre de 2009

Leo en la prensa, a propósito de la trifulca entre un Sánchez y Raúl Tamudo, artículos que parecen redactados por una suerte de intelectual orgánico desmemoriado. "Dani desmiente a Tamudo", "Dani pone a Tamudo contra las cuerdas"... Tamudo lleva doce años vadeando una serie de circunstancias que siempre le han incomodado y aun indignado. No ha habido temporada en que no se le pusiera bajo sospecha, en que no se le exigieran pruebas de su compromiso con el club, en que la hinchada no bosquejara un mohín de desprecio cuando los goles no llegaban, en que no se le acusara de hacerle la cama al juande de turno, en que no se cuestionara su catalanidad, en que no se pusiera en tela de juicio su españolismo por su renuencia a acudir a las conmemoraciones peñistas (¡cómo demonios un futbolista de élite debe transigir con esa rémora ibérica; qué es eso de que Tamudo tenga que sentarse con cincuenta beodos a los que se les enrojecen las mejillas luego de tomar vino, champán y gotas! Hombre, hombre...). Después de una década besándose el escudo, el ídolo ha acabado por quebrarse y hace ya más de un año que no da más que bandazos. Sea como sea, resulta intolerable que el conservero Sánchez esgrima al vuelo no sé que petición de cláusula e insinúe ante la prensa que Tamudo es un veleta. Sánchez, sí, el mismo que, desde el instante en que tomó las riendas del club, insistió en que el palco no era lo suyo y que, en cuanto el equipo superase el periplo crítico por que atravesaba, cedería el testigo al primer candidato con empaque que saliera al paso. Así, y tras dar a entender que tal o cual temporada sería la última en que ocuparía el sillón, el mandante resolvía perpetuarse un año más por el bien del club, esto es, por la probabilidad de descender a segunda, por la inminencia de la conquista de un título, por la necesidad de renovar la defensa, por una concatenación de derrotas que amenazaba ruina, por la deposición de la primera piedra en Cornellá, por la fundación de la ciudad deportiva de Sadriá, por la calçotada de la peña españolista de Valls, por la inauguración del nuevo estadio. El mantra retórico no variaba un ápice: si fuera por mí ya me habría ido, pero abandonar el barco en estos momentos sería una irresponsabilidad. Poco importaba que el barco fuera bien, regular o mal. A la promesa más o menos ambigua de desalojar la presidencia seguía la resignada obligación de postergar su cese por el bien del club, de la patria o de la atenuación del cambio climático. A este respecto, hay que reconocer que la máxima por la que Sánchez ha regido el club ha sido meridiana: "El que avui és blanc, demà pot ser negre". Este blanquinegro es el que ha tratado de desdibujar la figura de Tamudo enarbolando un papel que tan sólo demuestra que Tamudo (acaso mal aconsejado) ha titubeado en exceso. El hecho de que lo haya conseguido es la demostración de que el Español es pródigo en palmeros de toda índole, en hombrecillos a los que conviene seguir desmontando el juguete roto antes que encararse con el poder.

La puntita

sábado 17 de octubre de 2009

Yo siempre he sido un fervoroso partidario de que me lloren en el hombro. Sobre todo, por una razón inequívocamente egoísta: sólo de esta forma logro calibrar las hechuras de mi temperamento. Raúl, de natural contenido a la hora del trance, no suele escatimar adjetivos cuando se roza con la felicidad. No le recuerdo un dogma distinto. En veinte años, mi amigo no ha traicionado la sana costumbre de tomar con pinzas sus desventuras y esparcir la dicha como un alonso cualquiera encaramado al podium. Hoy pensaba en ello mientras leía en El País un artículo que habría que exhibir en algún museo de los horrores. Hace cuatro años, Carolina Alguacil envió una carta al diario en la que gritó "mileurista" y, de paso, fundó una generación. En aquella carta, confesaba a los lectores y a Hacienda que ganaba 997 euros mensuales y que, al igual que Romario, estaba cansada. Hoy, Carolina gana algo más que 997 euros pero "prefiere no decir su sueldo". Carolina se trasladó a Córdoba con su marido (al que ella, compradora de El País, prefiere no llamar "marido"). Allí, y con arreglo a la ley del esfuerzo, Carolina se abrió camino y hoy está menos cansada que hace cuatro años (lo que confirma que el horizonte de una recompensa material no hace sino atenuar las agujetas). Rebobino: "997 euros / prefiero no decirlo". No es el único remilgo con que la postmilerurista enmascara su instante de felicidad. No en vano, y tras aceptar "a regañadientes" un gazpacho (¡cordobés, ahí es nada!), Carolina no se termina el arroz y, al cabo, “se deja convencer de nuevo para tomar postre”. El artículo parece hueco, mas en puridad es una pieza antológica. Carolina no dice nada porque en materia de ideas sigue siendo mileurista, pero esos ademanes socialdemócratas con los que pretende disculparse ante el mundo por su estado de gracia resultan tonificantes, pletóricos, esplendorosos. Carolina, ciertamente, es un símbolo. Mas no del mileurismo, como pretende la reportera. Carolina es un símbolo de quienes gimen sus desgracias sin pudor alguno y, en el momento en que palpan la felicidad, cierran puertas y ventanas. Carolina es un símbolo de ese gran ejército de almas que disemina el dolor por mil y una estancias y esconde la satisfacción bajo la baldosa. Carolina es un símbolo de quienes se arrogan el derecho a socializar la pena y blindan el privilegio de enroscarse en el pleonasmo de su propia alegría.
En cuanto a Raúl, el martes pasado comimos juntos. Yo le dije que atravesaba una situación delicada y él me dijo "cuánto". Yo le dije 350 y él me dijo ahí van. Raúl es un hombre que está en las antípodas de todas las carolinas que en el mundo han sido, por eso jamás responde a las contingencias con el patético formulismo
del "si te hiciera falta algo, ya sabes...". No. Yo digo "uf" y él dice "ten". Él dice "uf" y yo digo "ten". Por lo demás, el día 30 no sólo le devolveré los 350, sino que también le invitaré a cenar. Me he asalariado en el negocio de culminar un sueño y confieso, ay, que soy feliz. El justo camino de esa culminación pasa por desayunar a las 6.30 en el mercado de San Gervasio. No hay cuidado: me alegra desplegar mi iPhone entre pescaderas para ganarme el pan y la mozzarella. Pienso ahora en mis mujeres: en la que este verano corrió con los gastos del avión y el concierto sin exigir nada a cambio. En esa otra que, hace un año, y sin que mediara lágrima alguna por mi parte, me dio las llaves (¡y la nevera!) de su casa de Sitges. Pienso también en mi prima, que me abrió los ojos y los salones de su Playa de Aro. Y pienso, sobre todo, en esa cena de finales de octubre. Y en la terrible posibilidad de que mi amigo Raúl (o mi amigo Trillas, que será el siguiente en tomar asiento) decline tomar gazpacho y se muestre titubeante ante el tiramisú. ¿Mieleurista? Lo que es usted, señora, es una mojigata con alma de vedette. Técnicamente, claro está.

(¡Mileurista! Dícese de quien es partidario de ganar mil euros.)


Sin pretenderlo, el escritor Guille Ortiz escribió la primera necrológica de Andrés Montes. Cabe reconocerle el mérito azaroso (todavía le doy vueltas al mérito y a lo azaroso) de que se trata, en efecto, de una necrológica. La mejor que se ha escrito sobre el negro Montes.
(Valga el anticipo, ciertamente sobrecogedor, de esta magnífica pieza del sucio Jabois.)

Porque la vida

La izquierda glaciar

lunes 12 de octubre de 2009

Esos de marrón, de qué empresa son, que no les afecta la reconversión
Hemos acordao, hemos acordao... obrero despedido, patrón colgao
Fora, fora, fora la bandera espanyola
Un desalojo, otra okupación
Feu, feu, feu, la mili per correu
Arriba, abajo, que la Otan se vaya al carajo; abajo, arriba, que ni Otan ni bases ni Reagan
La mili mata, la pasma remata
De azul, verde o marrón, un cabrón es un cabrón
El hijo del madero a la Universidad, que de mayor no sea, como su papá
Cuanta madera, habrá que hacer una hoguera
Obreros y estudiantes, juntos y adelante
Alerta, alerta, alerta que camina, la lluita guerrillera per l'Amèrica Llatina

12 de octubre. Hoy era uno de esos días en que la izquierda extraparlamentaria se vestía de gala y tomaba la plaza Universidad. Luego de que nuestras nobilísimas consignas retumbaran Ramblas abajo, justo después del habitual toma y daca con las fuerzas represivas, los 300 nos dispersábamos por la plaza Real y, a golpe de jarra y martini, cancelábamos momentáneamente el malestar del mundo. Era precisamente esa suspensión estrictamente narrativa lo que siempre me instaló en una cierta perplejidad. Y, por supuesto, lo que me mantuvo aferrado a la jarra de cerveza sin que me rozara el temor de Dios. A este respecto, la izquierda extraparlamentaria había ideado una consigna para que no cundieran los remilgos ni el fervor penitencial. La vida, proclamábamos, se divide entre la lluita i la marxa. Así, las venas abiertas de América Latina coexistían sin tapujos con los tiradores abiertos del bar Glaciar. Tras el 12 de octubre, no quedaba sino resignarse a que el 20 de noviembre no tardara en llegar lo que dictaban la razón y el calendario.