sábado, 31 de octubre de 2009

Un seleccionador en cada aficionado

La España del serrín y la cabeza de gamba, esa misma España que comparte tribuna y andanada con cientos de articulistas y a la que los articulistas mismos representan, rugía estupefacta por que la banda del Carcaño no soltaba prenda y, cuando lo hacía, la prenda llevaba a la policía a una junquera errónea. "¡Me los dejaban a mí una noche y se iban a enterar!" "Les metía la cabeza en un cubo de mierda y los tenía ahí durante horas." "¡Qué se hizo de las electrocuciones en los huevos... Pero bueno, ¿acaso nuestra poli ha perdido las formas?" "Cuatro mindundis toreando a toda una policía nacional. ¡Menuda mierda de policía nacional!" Ciertamente, era lastimoso cómo, en cada cenáculo periodístico o tertulia barriobajera, despuntaban tres o cuatro torturadores profesionales. Hasta entonces, yo tenía entendido que en España había un seleccionador de fútbol por cada español, ahora también sé que, además de un luis aragonés, hay un general galindo. Viene esto a cuento de las paletadas de indignación a propósito del trato a Prenafeta y Alavedra. No creo que, en su caso, el Estado deba administrar la violencia de una forma tan obscena (e inútil). Tampoco creía que, en el caso de los Carcaño, hubiera de recurrirse a los electrodos. Y lo mantengo ahora, aun viendo a mis hijas corretear por el salón. Lo que no parece muy higiénico, por muy distinto que sea el delito, es rasgarse las vestiduras por el hecho de que la policía no torture ni asesine a la la chusma sevillana y luego proferir un gritito porque el juez ha esposado a dos gordos (del alcalde de Santaco, que es socialista, poco se dice; tal vez lo merezca algo más que los gordos por eso, por socialista). Y todo esto, mientras seguimos sin comprender cómo el padre de Mari Luz no se llevó a nadie por delante y venerándole por ello. Venerándole al tiempo que nos ufanamos de ser demócratas. Hay días en, en fin...

sábado, 24 de octubre de 2009

40 años y un día

A eso de las ocho, en la aduana donde trabajo ya se habían descorchado tres botellas de champán, así que no quedaba otra que aguardar con elegancia a que llegaran los 40 años y un día. El comisario se afanaba en revisar unos viejos expedientes y yo, sumiso, celebraba sus estupéndicos "ensayo-error", "ensayo-error", "ensayo-error". A las ocho y media, la noche se tornó intrigante y lo que debía ser una velada tranquila rompió en una salva de aplausos, un homenaje sorprendente, una cena que me ha dejado una muesca en la memoria. Hubo un instante, apenas un lapso, en que el lagrimal titubeó. Entonces recordé unas palabras a cuenta del infundado prestigio del llanto masculino y la noche rodó hacia la fraternidad, las declamaciones y el tintineo de las cucharillas contra el cristal. Queda en el recuerdo la sonrisa pérfida de Oriol Trillas, que asiste a la contemplación de la vida desde el tendido 5, el cariñoso comedimiento de Fina y Carme, vilanovinas de Burgos, el viajero insaciable al que un periódico mató de hambre el día anterior y que sólo tras cenar dos veces estuvo en paz con Dios y consigo mismo, una mujer de ojos acuosos a quien Magela comparó con Francesca Neri. Purificación, que atravesó la madrugada sin que la fractura le impidiera prodigarse en sus guiños maternales. Julio, que sabe aislar la verdad entre aparentes contradicciones (¡y sin un maldito pestañeo ni quiebro chulesco!). Mi primísima, cómplice necesaria de una encerrona que debo, de aquí a la eternidad, a Verónica Puertollano. Ludwig, que me impartió sin pretenderlo un máster de restauración. Almudena, que alternó dos cenas y agigantó su leyenda de mujer a caballo entre la intendencia y el verso suelto. El barbudo Enrique, cuya grandilocuente sobriedad se cobró dos orejas y mi sincero afecto. Juan Carlos, que tuvo a bien recordarme que nuestra amistad se forjó una noche de tango y zambra en que nos arrancamos por Joan Baptista Humet. Cristina, cuyas impresionantes dotes de delincuente genetiana tienden a mejorar entre hombres y mujeres de derechas. Y Raúl.
Luego de la cena, el viejo debate entre peteristas, tirsistas y drymartinistas. Esta vez, los peteristas vencimos por goleada. Allí, un agotamiento imperial, un cierto hartazgo de la mera visión del alcohol (sobre todo, de los copones de gintonic), la súbita añoranza de un Esmeralda servido por Míriam, un apartamiento para vislumbrar la conversación general. Y la novedosa impresión de que, antes que estar sumido en el candor de la gratitud, me hallaba a merced de la felicidad. Aun así, vaya para todos un abrazo a la madrileña, gesto del que, según Trillas, soy un consumado practicante. Ya saben: plas, plas, plas... ¡Comemos! Vaya para los que estuvieron y para los que no (muy especialmente para Dani Tercero).

viernes, 23 de octubre de 2009

martes, 20 de octubre de 2009

El blanco y el negro

Leo en la prensa, a propósito de la trifulca entre un Sánchez y Raúl Tamudo, artículos que parecen redactados por una suerte de intelectual orgánico desmemoriado. "Dani desmiente a Tamudo", "Dani pone a Tamudo contra las cuerdas"... Tamudo lleva doce años vadeando una serie de circunstancias que siempre le han incomodado y aun indignado. No ha habido temporada en que no se le pusiera bajo sospecha, en que no se le exigieran pruebas de su compromiso con el club, en que la hinchada no bosquejara un mohín de desprecio cuando los goles no llegaban, en que no se le acusara de hacerle la cama al juande de turno, en que no se cuestionara su catalanidad, en que no se pusiera en tela de juicio su españolismo por su renuencia a acudir a las conmemoraciones peñistas (¡cómo demonios un futbolista de élite debe transigir con esa rémora ibérica; qué es eso de que Tamudo tenga que sentarse con cincuenta beodos a los que se les enrojecen las mejillas luego de tomar vino, champán y gotas! Hombre, hombre...). Después de una década besándose el escudo, el ídolo ha acabado por quebrarse y hace ya más de un año que no da más que bandazos. Sea como sea, resulta intolerable que el conservero Sánchez esgrima al vuelo no sé que petición de cláusula e insinúe ante la prensa que Tamudo es un veleta. Sánchez, sí, el mismo que, desde el instante en que tomó las riendas del club, insistió en que el palco no era lo suyo y que, en cuanto el equipo superase el periplo crítico por que atravesaba, cedería el testigo al primer candidato con empaque que saliera al paso. Así, y tras dar a entender que tal o cual temporada sería la última en que ocuparía el sillón, el mandante resolvía perpetuarse un año más por el bien del club, esto es, por la probabilidad de descender a segunda, por la inminencia de la conquista de un título, por la necesidad de renovar la defensa, por una concatenación de derrotas que amenazaba ruina, por la deposición de la primera piedra en Cornellá, por la fundación de la ciudad deportiva de Sadriá, por la calçotada de la peña españolista de Valls, por la inauguración del nuevo estadio. El mantra retórico no variaba un ápice: si fuera por mí ya me habría ido, pero abandonar el barco en estos momentos sería una irresponsabilidad. Poco importaba que el barco fuera bien, regular o mal. A la promesa más o menos ambigua de desalojar la presidencia seguía la resignada obligación de postergar su cese por el bien del club, de la patria o de la atenuación del cambio climático. A este respecto, hay que reconocer que la máxima por la que Sánchez ha regido el club ha sido meridiana: "El que avui és blanc, demà pot ser negre". Este blanquinegro es el que ha tratado de desdibujar la figura de Tamudo enarbolando un papel que tan sólo demuestra que Tamudo (acaso mal aconsejado) ha titubeado en exceso. El hecho de que lo haya conseguido es la demostración de que el Español es pródigo en palmeros de toda índole, en hombrecillos a los que conviene seguir desmontando el juguete roto antes que encararse con el poder.

sábado, 17 de octubre de 2009

La puntita

Yo siempre he sido un fervoroso partidario de que me lloren en el hombro. Sobre todo, por una razón inequívocamente egoísta: sólo de esta forma logro calibrar las hechuras de mi temperamento. Raúl, de natural contenido a la hora del trance, no suele escatimar adjetivos cuando se roza con la felicidad. No le recuerdo un dogma distinto. En veinte años, mi amigo no ha traicionado la sana costumbre de tomar con pinzas sus desventuras y esparcir la dicha como un alonso cualquiera encaramado al podium. Hoy pensaba en ello mientras leía en El País un artículo que habría que exhibir en algún museo de los horrores. Hace cuatro años, Carolina Alguacil envió una carta al diario en la que gritó "mileurista" y, de paso, fundó una generación. En aquella carta, confesaba a los lectores y a Hacienda que ganaba 997 euros mensuales y que, al igual que Romario, estaba cansada. Hoy, Carolina gana algo más que 997 euros pero "prefiere no decir su sueldo". Carolina se trasladó a Córdoba con su marido (al que ella, compradora de El País, prefiere no llamar "marido"). Allí, y con arreglo a la ley del esfuerzo, Carolina se abrió camino y hoy está menos cansada que hace cuatro años (lo que confirma que el horizonte de una recompensa material no hace sino atenuar las agujetas). Rebobino: "997 euros / prefiero no decirlo". No es el único remilgo con que la postmilerurista enmascara su instante de felicidad. No en vano, y tras aceptar "a regañadientes" un gazpacho (¡cordobés, ahí es nada!), Carolina no se termina el arroz y, al cabo, “se deja convencer de nuevo para tomar postre”. El artículo parece hueco, mas en puridad es una pieza antológica. Carolina no dice nada porque en materia de ideas sigue siendo mileurista, pero esos ademanes socialdemócratas con los que pretende disculparse ante el mundo por su estado de gracia resultan tonificantes, pletóricos, esplendorosos. Carolina, ciertamente, es un símbolo. Mas no del mileurismo, como pretende la reportera. Carolina es un símbolo de quienes gimen sus desgracias sin pudor alguno y, en el momento en que palpan la felicidad, cierran puertas y ventanas. Carolina es un símbolo de ese gran ejército de almas que disemina el dolor por mil y una estancias y esconde la satisfacción bajo la baldosa. Carolina es un símbolo de quienes se arrogan el derecho a socializar la pena y blindan el privilegio de enroscarse en el pleonasmo de su propia alegría.
En cuanto a Raúl, el martes pasado comimos juntos. Yo le dije que atravesaba una situación delicada y él me dijo "cuánto". Yo le dije 350 y él me dijo ahí van. Raúl es un hombre que está en las antípodas de todas las carolinas que en el mundo han sido, por eso jamás responde a las contingencias con el patético formulismo
del "si te hiciera falta algo, ya sabes...". No. Yo digo "uf" y él dice "ten". Él dice "uf" y yo digo "ten". Por lo demás, el día 30 no sólo le devolveré los 350, sino que también le invitaré a cenar. Me he asalariado en el negocio de culminar un sueño y confieso, ay, que soy feliz. El justo camino de esa culminación pasa por desayunar a las 6.30 en el mercado de San Gervasio. No hay cuidado: me alegra desplegar mi iPhone entre pescaderas para ganarme el pan y la mozzarella. Pienso ahora en mis mujeres: en la que este verano corrió con los gastos del avión y el concierto sin exigir nada a cambio. En esa otra que, hace un año, y sin que mediara lágrima alguna por mi parte, me dio las llaves (¡y la nevera!) de su casa de Sitges. Pienso también en mi prima, que me abrió los ojos y los salones de su Playa de Aro. Y pienso, sobre todo, en esa cena de finales de octubre. Y en la terrible posibilidad de que mi amigo Raúl (o mi amigo Trillas, que será el siguiente en tomar asiento) decline tomar gazpacho y se muestre titubeante ante el tiramisú. ¿Mieleurista? Lo que es usted, señora, es una mojigata con alma de vedette. Técnicamente, claro está.

(¡Mileurista! Dícese de quien es partidario de ganar mil euros.)


Sin pretenderlo, el escritor Guille Ortiz escribió la primera necrológica de Andrés Montes. Cabe reconocerle el mérito azaroso (todavía le doy vueltas al mérito y a lo azaroso) de que se trata, en efecto, de una necrológica. La mejor que se ha escrito sobre el negro Montes.
(Valga el anticipo, ciertamente sobrecogedor, de esta magnífica pieza del sucio Jabois.)

Porque la vida

lunes, 12 de octubre de 2009

La izquierda glaciar

Esos de marrón, de qué empresa son, que no les afecta la reconversión
Hemos acordao, hemos acordao... obrero despedido, patrón colgao
Fora, fora, fora la bandera espanyola
Un desalojo, otra okupación
Feu, feu, feu, la mili per correu
Arriba, abajo, que la Otan se vaya al carajo; abajo, arriba, que ni Otan ni bases ni Reagan
La mili mata, la pasma remata
De azul, verde o marrón, un cabrón es un cabrón
El hijo del madero a la Universidad, que de mayor no sea, como su papá
Cuanta madera, habrá que hacer una hoguera
Obreros y estudiantes, juntos y adelante
Alerta, alerta, alerta que camina, la lluita guerrillera per l'Amèrica Llatina

12 de octubre. Hoy era uno de esos días en que la izquierda extraparlamentaria se vestía de gala y tomaba la plaza Universidad. Luego de que nuestras nobilísimas consignas retumbaran Ramblas abajo, justo después del habitual toma y daca con las fuerzas represivas, los 300 nos dispersábamos por la plaza Real y, a golpe de jarra y martini, cancelábamos momentáneamente el malestar del mundo. Era precisamente esa suspensión estrictamente narrativa lo que siempre me instaló en una cierta perplejidad. Y, por supuesto, lo que me mantuvo aferrado a la jarra de cerveza sin que me rozara el temor de Dios. A este respecto, la izquierda extraparlamentaria había ideado una consigna para que no cundieran los remilgos ni el fervor penitencial. La vida, proclamábamos, se divide entre la lluita i la marxa. Así, las venas abiertas de América Latina coexistían sin tapujos con los tiradores abiertos del bar Glaciar. Tras el 12 de octubre, no quedaba sino resignarse a que el 20 de noviembre no tardara en llegar lo que dictaban la razón y el calendario.

domingo, 11 de octubre de 2009

A mí me llaman Paló (III)

Mis padres están en Campodrón, así que voy por mi gata y la llevo a dormir a Rocafort. Ahí está todo Ismael Miranda, a quien Paló siempre tuvo como referente. En los setenta, no hubo en Barcelona un hombre que supiera tanto de rumba como mi padre. ¿Los críticos? ¡Salva la sílaba! La mayoría de ellos pensaron que Peret se inspiraba en Luis Aguilé. Escribo desde el ordenador de mi padre a golpe de hoz y martillo. Me preparo una tila de frambuesa y canturreo por Miranda, Chirino, Oscar D'León. El vecino del primero, un brasuca de tres al puño, me chista. Le invito cortésmente a irse a la mierda. No en vano, mis padres, mi hermano, mis hijas y yo hemos soportado sus habituales batucadas hasta el infinito de Dios, hasta ese umbral en que mi hermano, hombre cabal como cualquier De Niro, decía basta. "Tú no subas, Pepe, que lo matas." Esos días en que yo mataba, Jordi llamaba a la puerta del brasuca para que bajara el volumen y le decían que lo del ruido era un asunto cultural. Dado que yo me ocupo de la cultura, me parecía oportuno que el brasuca supiera de la mía. Mi hermano y yo somos hombres raros y sabemos de Vinicius y de La Fusa hace ya dos infancias. Y de Toquinho, por supuesto. Y de Gal Costa y Chico Buarque. Y de Caetano Veloso, que allá por el 97 cantó en el Palau para Ronaldo y una decena de gorilas. ¡Va a saber el brasuca de qué hablamos los De Paco cuando hablamos de amor! Ardo en deseos de que baje para comentar un tema del que nunca he desentrañado el desenlace. Mañana, en La Cera, habrá un oé para el tió Paló.

Cantá conmigo que en mi un amigo vas a encontrar

La impresionante historia de andar de hilo en hilo con una mujer en el barrio de Gracia, y de hacerlo en un bar en el que se servía el Argentina-Perú. La conversación es, antes que dura, sorpresiva y agreste. La mujer, a la que tengo por bien querida, jamás me deja trenzar un relato hasta el The End. Mejor así. En el instante en que me habla de su segundo novio, Martín Palermo mete la puntita. Al salir del bar, y tal como era de prever: "¿Cómo lo has visto? El gol, digo". Le respondo que los hombres, a diferencia de las mujeres, somos capaces de atender varios reclamos a la vez.

sábado, 10 de octubre de 2009

A mí me llaman Paló (II)

La aldea de Gracia no estaba consternada por la muerte de Paló. Entre otras razones, porque Paló no era de Gracia, sino de La Cera. Ahí regentó la jukebox del bar Los Tonis junto con su hermano Toni, que fue palmero de Peret en el sentido machadiano de la palabra palmero. En cuanto piso el Resolís, Joaquín desenvaina el whisky y le rectifico el tiro. Me cuenta que él también está a dieta. Porque así lo quiere: "A mí no hay médico que me prohíba nada". Veo que en el tablón de anuncios hay un recorte de La Vanguardia: "El James Brown...". Se interesa por la necrológica de El Mundo que traigo conmigo y me ruega que la pinche en el tablón. "Pobret", dice la negra María. Le digo a Joaquín que no soy amigo de los santuarios y me responde que no pretende erigir santuario alguno, sino tener una deferencia póstuma con un cliente. Joaquín sale de la barra y caza a un gitano de doce años que le adeuda no sé cuántos helados. "¿Tú qué te crees, que el payo Joaquín es tonto además de payo? Te dije que te cogería, ¿cierto?" Y se afana en una sacudida por la pechera. Echaba de menos las reprimendas paternales de Joaquín, pero esta vez me cuesta seguir el hilo de la bronca frudesa. El tío Alfonso, que estaba sentado en la plaza, entra en el bar. Me doy cuenta, en este preciso instante, de la cantidad de veces que llevo escrita la palabra "sentado". Alfonso me da una palmada fría y me cuenta que no hay nada previsto por la muerte de Paló. "Tal vez cuando pase un tiempo, no sé." Le pregunto dónde vivía exactamente, dónde está esa casa en que le encontraron muerto, infartado. "Por el Diamante." Habrá que seguir preguntando dónde vivía el tío Paló. Y habrá que hacerlo con aplomo, teniendo en cuenta que la gitanería no se atiene al sedentarismo, y que poco importa si El Diluvio o Ros de Olano o Montseny o El Diamante. "Era un gitanazo", dice Joaquín; "me dejó a deber un bacalao".
-Y ese bacalao, Juaco, ¿a cuánto lo vendes?
-A 4,50.
-Ahí van.
-¿Vas a pagarlo tú? Estás loco, nene.
-Loco y viandao, sí, pero sólo a medias. Las deudas me irritan.
En la ventana de mi antiguo cubículo, una mujer hermosa alinea geranios reales.

A mí me llaman Paló

El martes, tarde en la noche, crucé la plaza del Diamante y vi al tío Paló sentado en una de esas sillas pusilánimes que convierten a los ancianos en estatuas, en seres inanimados al modo y manera en que lo está Antoni Rovira en su plaza, ahí donde Vila-Matas toma asiento los domingos para leer sus propios artículos. Paló no sólo fue un rumbero de tango, zambra y cubanía, sino un reducto de elegancia en una aldea, Gracia, donde la elegancia se ha convertido en una extravagante molestia. También el martes, como solía hacer cuando nos cruzábamos, le di la cabezada. Él me alargó el bastón. Desde el día en que lo acribillé en el Resolís para que me desmenuzara El reloj, ése fue nuestro santo y seña. Hasta ese entonces, había visto a Paló en dos tarimas de pago: la del Velódromo de Horta y la de un viejo teatro de Sant Boi. La noche del Velódromo suele describirse como la de la reaparición de Peret. En puridad, fue la del debut en solitario de Paló (¡a sus 53!), que presenció el concierto sentado a una mesita de terraceo graciense a la derecha del escenario. Tengo escrito y más que hablado que, luego de acabar con una botella de Cutty Sark, Paló cantó El reloj y el público se agitó con un aullido eufónico e imperturbable, una rumba salerosa y fútil que parecía salir del averno o de una taberna puertorriqueña. Rumba pa'cage, tran, tran. El día en que logre condensar en un párrafo ese fado de Cabo Verde pasado por la calle de la Cera dejaré de escribir. Paló dejó de vivir el día 8 y hoy no queda sino pisar el Resolís y comprobar si es veraz el viejo dicho de que hay personas que dejan un hueco en el aire. Va un presagio: la ley que primará donde Joaquín será la de ensalzar el canto y evitar el ruido, que es lo que Paló tentó con éxito desde que fue Paló. Cantar sin ruido, deambular sin ruido y, sobre todo (máxime siendo gitano) amar sin ruido.

viernes, 9 de octubre de 2009

Te quiero hasta el cielo y volver (diez veces)

Alertaba Toni Soler acerca del riesgo de que Laporta escapara de Crackòvia para asomarse a Polònia. El clásico fajín, me dije, para pregonar el leitmotiv de un programa. ¡Ingenuo de mí! Hoy, El Mundo, calza los "imbéciles" del barcelonista Laporta en las páginas de "España". Es cierto que La Vanguardia acoge las andanzas de Millet en las páginas de Economía (¡debajo de los índices de bolsa, cual si los dientes de sierra de Telefónica fueran otro desperdicio choricero!), pero a mí La Vanguardia apenas me ha importado hasta esta misma semana. El Mundo, en cambio, es mi periódico, y es probable que no haya habido otro en su género que haya iluminado con idéntica saña la vida paupérrima y henchida de Laporta & Laporta. Nada habrá satisfecho más al aspirante que ver su foto y sus escupitajos en la sección de España, junto a los Gürtel, Alakrana, Guantánamo. "Laporta llamó 10 veces imbécil." Sea como sea, no queda sino preguntarse: ¿Y usted, señora, cómo lo sabe?

lunes, 5 de octubre de 2009

Maestros

La carta abierta de Zapatero a los maestros, justamente balizada por Arcadi Espada, exhala un aire ficcional que, tras un primer vistazo, había atribuido a la información para el lector, esto es, al sinsentido de exponer a los docentes que, en los años setenta, aún había en España personas analfabetas. Los maestros que leen El País, al igual que el resto de los lectores (es probable que no todos los lectores de El País sean maestros y que no todos los maestros sean lectores de El País), conocen sobradamente ese dato. Mas la irrealidad que impregna la carta no está relacionada con la apertura semántica del diafragma. "Maestros y maestras, profesoras y profesores españoles", escribe el presidente, donde el compás os-as-os-as enmascara la evidencia de que en España no hay profesores "españoles", sino profesores vascos, profesores catalanes, profesores andaluces, profesores gallegos, profesores manchegos...

domingo, 4 de octubre de 2009

¡Bona nit, Barcelona!

La queja ardía en el cielo cuando al Palau se acercaban los gitanos o Raphael. Cualquier concierto que no fuera de un artista genuinamente catalán o, aún peor, genuinamente progre, se ponía entre comillas, cursivas y todas las renuencias ortotipográficas que el régimen, en general, suele deparar a los del río o a los del otro lado del río. En ocasiones no hubo que vadear ninguna charca. A principios de los noventa, Albert Pla apareció bajo el vitrall envuelto en un saco terrero y cantó... ¡una rumba! Todavía oigo los chasquidos. La terca realidad de la oferta y la demanda se fue imponiendo al símbolo y, ya mediada esta década, fue habitual que gentezuela como Amigo, La Pastori, Varela o Los Secretos quebrantaran la ley de sucesión y los festivales se superpusieran a una tradición fingida, sobreinterpretada e insabora. Pero no ha mucho, y conviene recordarlo, en algunos medios se consideró un catalanísimo hierro candente que un churumbel diseminara su talento en el templo de no sé qué sociedad de 400 burgueses. No faltaron plumas ni artistas (¡cómo iban a faltar en esta terra d'acollida!) que tomaran muy en consideración la posibilidad de que una actuación en el palau equivaliera a un bautismo de neón. Acabáramos: la prueba de que franquear el palau era algo así como plantar un pie en el lado luminoso de la fuerza fue la divulgación de la estúpida y sobrecogedora expresión "fer un palau ". ¡Fer un palau! Afortunamente, desde Millet, "fer un Palau" es tan pronominal y exacto como "hacerse una joyería", "hacerse un bolso" o "hacerse un cajero". Ni más ni menos.

jueves, 1 de octubre de 2009

(A Magela)

Tú no te fíes de nadie. De nadie. Ni amigos ni compañeros ni leches. ¡Amigos...! Parece mentira que estés a punto de cumplir 40. ¡Amigos de qué, eh, de qué! Para empezar, limítate a escuchar y a callar. Atiende a lo que digan los demás y toma nota de las frases del más listo. Y, sobre todo, no quieras ser el protagonista ni ir de chulito, que ese gesto que tienes de chulería y que tanto se parece al de tu tío no te hace ningún bien y a mí me da que llorar. ¿Hace falta que te repita que más vale caer en gracia que ser gracioso? En resumen: intenta ser discreto, que en estas cosas el que quiere destacar en plan aquí-estoy-yo es el que a los cuatro días está en la calle. Con eso no quiero decir que te comportes como una mala persona. Tú procura ser buen compañero porque, si no es así, esto vuestro no va a chutar ni pa dios, pero tampoco vayas de gil que en la vida hay mucho espabiladillo y... Mira, hijo, tú ves cosas que los demás no ven pero listo-lo-que-se-dice-listo no eres, ¿de acuerdo? ¡Ah, y no bebas, que a ti, como a tu hermano, siempre os ha perdido el vino! ¡Dame un beso, anda, que todo va a salir bien! En fin, que tienes casi 40 y esto es lo que hay. Oye, nene: dile a esa chica que vimos bajar por la Bonanova que muchas gracias por la ropa. Le das las gracias independientemente de todo, ¿vale? Eso de dar las gracias, ves, es algo que muchas mujeres no entienden.
-No, mamá, lo que las mujeres no entendéis ni entenderéis es por qué vosotras, ¡mujeres!, debéis una disculpa a alguien.
-Déjate de mujeres. ¡Al tajo! Y si pueden ser 12 horas, mejor que 10.