sábado, 31 de octubre de 2009
Un seleccionador en cada aficionado
sábado, 24 de octubre de 2009
40 años y un día
Luego de la cena, el viejo debate entre peteristas, tirsistas y drymartinistas. Esta vez, los peteristas vencimos por goleada. Allí, un agotamiento imperial, un cierto hartazgo de la mera visión del alcohol (sobre todo, de los copones de gintonic), la súbita añoranza de un Esmeralda servido por Míriam, un apartamiento para vislumbrar la conversación general. Y la novedosa impresión de que, antes que estar sumido en el candor de la gratitud, me hallaba a merced de la felicidad. Aun así, vaya para todos un abrazo a la madrileña, gesto del que, según Trillas, soy un consumado practicante. Ya saben: plas, plas, plas... ¡Comemos! Vaya para los que estuvieron y para los que no (muy especialmente para Dani Tercero).
viernes, 23 de octubre de 2009
martes, 20 de octubre de 2009
El blanco y el negro
sábado, 17 de octubre de 2009
La puntita
Yo siempre he sido un fervoroso partidario de que me lloren en el hombro. Sobre todo, por una razón inequívocamente egoísta: sólo de esta forma logro calibrar las hechuras de mi temperamento. Raúl, de natural contenido a la hora del trance, no suele escatimar adjetivos cuando se roza con la felicidad. No le recuerdo un dogma distinto. En veinte años, mi amigo no ha traicionado la sana costumbre de tomar con pinzas sus desventuras y esparcir la dicha como un alonso cualquiera encaramado al podium. Hoy pensaba en ello mientras leía en El País un artículo que habría que exhibir en algún museo de los horrores. Hace cuatro años, Carolina Alguacil envió una carta al diario en la que gritó "mileurista" y, de paso, fundó una generación. En aquella carta, confesaba a los lectores y a Hacienda que ganaba 997 euros mensuales y que, al igual que Romario, estaba cansada. Hoy, Carolina gana algo más que 997 euros pero "prefiere no decir su sueldo". Carolina se trasladó a Córdoba con su marido (al que ella, compradora de El País, prefiere no llamar "marido"). Allí, y con arreglo a la ley del esfuerzo, Carolina se abrió camino y hoy está menos cansada que hace cuatro años (lo que confirma que el horizonte de una recompensa material no hace sino atenuar las agujetas). Rebobino: "997 euros / prefiero no decirlo". No es el único remilgo con que la postmilerurista enmascara su instante de felicidad. No en vano, y tras aceptar "a regañadientes" un gazpacho (¡cordobés, ahí es nada!), Carolina no se termina el arroz y, al cabo, “se deja convencer de nuevo para tomar postre”. El artículo parece hueco, mas en puridad es una pieza antológica. Carolina no dice nada porque en materia de ideas sigue siendo mileurista, pero esos ademanes socialdemócratas con los que pretende disculparse ante el mundo por su estado de gracia resultan tonificantes, pletóricos, esplendorosos. Carolina, ciertamente, es un símbolo. Mas no del mileurismo, como pretende la reportera. Carolina es un símbolo de quienes gimen sus desgracias sin pudor alguno y, en el momento en que palpan la felicidad, cierran puertas y ventanas. Carolina es un símbolo de ese gran ejército de almas que disemina el dolor por mil y una estancias y esconde la satisfacción bajo la baldosa. Carolina es un símbolo de quienes se arrogan el derecho a socializar la pena y blindan el privilegio de enroscarse en el pleonasmo de su propia alegría.
En cuanto a Raúl, el martes pasado comimos juntos. Yo le dije que atravesaba una situación delicada y él me dijo "cuánto". Yo le dije 350 y él me dijo ahí van. Raúl es un hombre que está en las antípodas de todas las carolinas que en el mundo han sido, por eso jamás responde a las contingencias con el patético formulismo del "si te hiciera falta algo, ya sabes...". No. Yo digo "uf" y él dice "ten". Él dice "uf" y yo digo "ten". Por lo demás, el día 30 no sólo le devolveré los 350, sino que también le invitaré a cenar. Me he asalariado en el negocio de culminar un sueño y confieso, ay, que soy feliz. El justo camino de esa culminación pasa por desayunar a las 6.30 en el mercado de San Gervasio. No hay cuidado: me alegra desplegar mi iPhone entre pescaderas para ganarme el pan y la mozzarella. Pienso ahora en mis mujeres: en la que este verano corrió con los gastos del avión y el concierto sin exigir nada a cambio. En esa otra que, hace un año, y sin que mediara lágrima alguna por mi parte, me dio las llaves (¡y la nevera!) de su casa de Sitges. Pienso también en mi prima, que me abrió los ojos y los salones de su Playa de Aro. Y pienso, sobre todo, en esa cena de finales de octubre. Y en la terrible posibilidad de que mi amigo Raúl (o mi amigo Trillas, que será el siguiente en tomar asiento) decline tomar gazpacho y se muestre titubeante ante el tiramisú. ¿Mieleurista? Lo que es usted, señora, es una mojigata con alma de vedette. Técnicamente, claro está.
(¡Mileurista! Dícese de quien es partidario de ganar mil euros.)
Sin pretenderlo, el escritor Guille Ortiz escribió la primera necrológica de Andrés Montes. Cabe reconocerle el mérito azaroso (todavía le doy vueltas al mérito y a lo azaroso) de que se trata, en efecto, de una necrológica. La mejor que se ha escrito sobre el negro Montes.
lunes, 12 de octubre de 2009
La izquierda glaciar
domingo, 11 de octubre de 2009
A mí me llaman Paló (III)
Cantá conmigo que en mi un amigo vas a encontrar
sábado, 10 de octubre de 2009
A mí me llaman Paló (II)
-Y ese bacalao, Juaco, ¿a cuánto lo vendes?
-A 4,50.
-Ahí van.
-¿Vas a pagarlo tú? Estás loco, nene.
-Loco y viandao, sí, pero sólo a medias. Las deudas me irritan.
En la ventana de mi antiguo cubículo, una mujer hermosa alinea geranios reales.
A mí me llaman Paló
viernes, 9 de octubre de 2009
Te quiero hasta el cielo y volver (diez veces)
lunes, 5 de octubre de 2009
Maestros
domingo, 4 de octubre de 2009
¡Bona nit, Barcelona!
jueves, 1 de octubre de 2009
Tú
-No, mamá, lo que las mujeres no entendéis ni entenderéis es por qué vosotras, ¡mujeres!, debéis una disculpa a alguien.
