martes, 23 de noviembre de 2010

Apología

No hay nada más lamentable que eso que viene llamándose el puntillo. Coger un puntillo. Ir con el puntillo. Ese cándido chisporroteo que nunca rompe en nada memorable, ese ínfimo bailoteo a las puertas de la gloria. Ya la sonoridad de la palabra, guasa en vilo que se enseñorea del aire, debería movernos a descartarla, si bien he de admitir que, siendo el puntillo despreciable, aún es más despreciable su primo catalán, el puntillu. Cada vez que pronuncio puntillu aparezco, como por ensalmo hiperespacial, frente a un foc de camp, guitarra en cabestrillo y puff al fons del mar. El puntillo ha macerado su prestigio en boca de miles de santurrones que, en algún instante de sus vidas, han creído oportuno gritar al mundo que ellos odian emborracharse, pero que no hay nada como ir con el puntillo. El sumo sacerdote de esa iglesia es Iñaki Gabilondo, que, preguntado por la cuestión en la tele, proclamó: "Me gusta mucho beber, pero no me gusta beber mucho". El puntillo, en fin, hecho quiasmo. Hay, por cierto, una diferencia entre ir con el puntillo y coger el puntillo, y que podría concernir al grado de premeditación. Ese matiz encanallado, no obstante, no es tan obvio como parece, pues para coger el puntillo tienes que haberlo soltado en alguna ocasión, mientras que el que va con el puntillo raramente lo suelta, y tanto es así que es bastante común decir de alguien que "siempre va con el puntillo" sin que ese siempre parezca inoportuno. Las mujeres son, por su naturaleza misma, las grandes apologistas del puntillo, pues, en el intento de blindar su risa floja, interrumpen la charla para calzarla debidamente: "No sé vosotros, pero yo, con lo que hemos bebido, ya voy un poco piripi". (Otro día me ocuparé de la palabra piripi y de las tremebundas beodas de más de cincuenta.) ¿He dicho que los quillos no van con el puntillo, sino con el punto? Dicho queda. Mas estábamos con las mujeres: no hay nada que les endulce tanto la vida y la velada como que ellas salgan con las amigas y el novio con los amigo(te)s. Nada como regar la cena con la suficiente sangría y luego, en la barra del pub, reencontrarse con su chorbo y, a lomos del puntillo, seguir empujando la Historia: "Dime la verdad, ¿me has echado de menos?".