Cada martes, tras dejar a Laura en el centro donde tratan su lateralidad cruzada, me doy una vuelta por los alrededores para hacer tiempo. Hasta hace poco, era bastante reacio a adentrarme en la tienda Camper y admirar los zapatos que lucen en el escaparate. Me decía que la mera sobreexposición al precio que marca la etiqueta tendría un efecto desolador. Desde hace dos semanas, no obstante, no sólo piso esa tienda y me hinco a puerta gayola ante los zapatos de marras, sino que también me doy permiso para entrar en la librería y oler algunas páginas del libro de Mendoza, o de la novelita camaronera de Montero Glez, o de ese Kapuscinski non fiction que tantos comentarios suscita. Quien se arruina en el bingo Don Pelayo conserva, al menos, una cierta aura épica. En la narcótica lasitud del paro, en cambio, incluso el más cantarín corre el riesgo de llegar a la mezquina conclusión de que no merece saborear unos garbanzos y un vaso de vino. De que no merece amar a tal o cual mujer. De que cualquier aspiración al deseo es un maletendido. Por eso, por la temeridad que supone ir mendigando la segunda amarilla, conviene una rigurosa conciencia de sí mismo; siquiera para imaginarse con zapatos nuevos, para rememorar el grito de aliento con que la afición pasaba página a los fiascos de Curro Romero: "¡Ya llegará el verano!".