viernes, 3 de diciembre de 2010

El partido del ambiente

Querido Oriol:

Es probable que hayas reparado en que soy bastante dado a la extranjería. Mi querencia viene de antiguo, pues ya en la Facultad de Periodismo hice buenas migas con una madrileña. Aun antes de la universidad, y en lo que hoy es el X, solía alternar con un egipcio llamado Mahmmoud, con quien frecuentaba una tertulia a la que, de cuando en cuando, se incorporaban Litos, argentino de Buenos Aires, Thomas, hamburgués del Ensanche, y Jorge, que provenía de una remota aldea del Uruguay. Es verdad que a las puertas del bar Mombasa mis recuerdos tienden a desdibujarse, mas no lo suficiente como para olvidar a Darren, un australiano de Adelaida que era un dechado de cortesía. He de admitir, no obstante, que mis tratos con los bárbaros vienen sufriendo alguna que otra alteración. La más notable tiene que ver con los decibelios: las afables conversaciones con Mahmmoud han dado paso al horrísono lamento cantonés que, cada noche, a eso de las diez, proviene del tercero; o a la salsa brava con que el dominicano del cuarto celebra su paso por el mundo. Ciertamente, corren malos tiempos para la ufanía cosmopolita, tanto más cuanto que al griterío babélico se ha sumado la bulla racista, perfectamente resumida, enquistada y abortada en esos 75.000 indeseables con quienes, por lo visto, convivimos, y cuya única estrategia de gobernación pasa por el llamamiento a las cruzadas. No niego que la inmigración sea un problema (¡sobre todo para quien emigra!), pero me irrita que ese problema propicie una suerte de blindaje moral ante lo que supone el voto a un partido como PxC. No en vano, en esa grotesca disolución de la responsabilidad, en esa turbia apelación a las circunstancias ruidosas en que viene envuelta la vida, hay una voluntad nítidamente exculpatoria. Parece indudable que, en el intento de dilucidar si el racista nace o se hace, el ambiente es crucial; y que las condiciones para que el gen se expanda son más favorables en El Vendrell que en Puerto Banús. Dicho lo cual, no es menos verdad que hay quien gusta de tener a mano un ambiente para que su fobia sea más presentable. Por ello mismo, y frente a la propagación de ese racismo con causa (justa) con que tantos justifican su extravío, conviene recordar que, gracias a Dios, y mal que pese a la izquierda, todavía hay clases.

1 comentarios:

ostrovski dijo...

Enhorabuena, señor Trillas, es lo mejor que he leído sobre las recientes elecciones.
Lástima que no se haya recreado usted en el sabroso detalle de que Benach lo deja porque así puede "acogerse" a su paga de 105.000 euros anuales como ex presidente del Parlament, y luego a una pensión vitalicia de 78.000 y pico pepinos anuales. Mejor eso que volver a su antiguo puesto, creo que de bedel, conserje o algo por el estilo.