domingo, 26 de diciembre de 2010

Fumarse la vida

Guardo cientos de cadáveres en el armario; tantos y de tan refinada hermosura que a menudo me pregunto en qué jirón de la vida me rendí al mal gusto. Ayer me apeteció saber qué había sido de Smoke, en qué rompeolas yacían sus restos. Tras verla de nuevo habré de preguntarme dónde yacen los míos. Ya el monólogo de William Hurt nos lleva a retreparnos en la butaca, a aguzar los sentidos ante lo que asemeja el preámbulo de una lluvia de sutilezas. No en vano, esa exquisita disertación sobre el peso del humo es una suerte de efusión lírica con que Paul Auster, guionista y codirector del filme, alude a la naturaleza de su propio estilo, al hecho de que sus postales neoyorquinas sean eso mismo, la decantación de una conversación disoluta, la insinuación de un torrente de ocurrencias apenas gobernado por la cadencia con que se van desenvainando los cigarrillos. Soy humo, nos dice Auster, puro humo, pero no yerren el tiro: también el humo es susceptible de pesaje, de cierto grosor filosófico. Ah, Auster. Como ven, mis pleitos con él provienen de un antiguo entusiasmo que, en el caso de la película que nos ocupa, sigue intacto, lo cual me anima a pensar (de forma un tanto optimista) que acaso el estupor en que me sumieron sus últimas novelas tenga más que ver con la deriva del autor que con mis recelos y ojerizas. Entre las columnas y humaredas que, en un sentido casi periodístico (dominical, si quieren), sobrenadan Smoke, la del álbum de fotos de Auggie es un bumerán que el azar ha devuelto en forma de genial precuela. El azar, sí, precisamente el azar, el gran catalizador de la literatura de Auster, en la que media una décima de segundo entre la rutina y la devastación. El álbum en cuestión, compuesto de cuatro mil fotografías tomadas a diario a la misma hora y en la misma esquina de Brooklyn, constituye un rutilante antecedente de los modernos blogs y es, a su manera, un hermoso blog analógico. Máxime teniendo en consideración que Harvey Keitel, a cuyo cuidado están esas fotografías, nos recuerda que el sentido profundo de ese blog es el que se desprende de la posibilidad de ser algo más que el dependiente de un estanco. "Yo creía que eras sólo estanquero", observa Hurt. "Nadie es sólo una cosa", repone Keitel. Por esa misma razón escribo yo en esta playa. A cada conversación, con cada una de esas humaredas, el argumento da un salto a un territorio inédito y brutal cuyo mar de fondo es la vicisitud de narrar lo vivido, la posibilidad de que la vida se convierta en una ¿mera? trastienda narrativa. ¿Adónde nos lleva el blog de Auggie? A la cámara con la que va tomando las fotografías (y que -todo blogger lleva puesto su cilicio- le impide irse de vacaciones). Auster, en efecto, es uno de esos pocos autores para quienes no sólo importa la luna, sino también el dedo que la señala, siendo así que el personaje de Auggie se arranca (el flamenco es la más nítida analogía con esa palabrería insalubre) con el relato de cómo consiguió la cámara. Y, puesto que todo torero tiene derecho al adorno, Auster remata la película con la escenificación de ese mismo relato. Cualquier profesor de medio pelo se llevaría las manos a la cabeza por el hecho de que el mostrar siguiera al declarar. No obstante, no siempre los desvelos incurren en redundancia; menos aún cuando el autor ha logrado la hazaña de llevar la acción al ámbito del metadiscurso, a un horizonte luminoso en el que lo que de veras importa es la fricción del lenguaje, la posibilidad de que la charla, el tribalismo de hoguera que nos lleva a contar y recontar cuanto somos, atenúe la tragedia de vivir.

1 comentarios:

umbarak dijo...

gran película smoke. la canción de tom waits ayuda mucho en la escena final.