miércoles, 15 de diciembre de 2010

Historia de una silla

Cuando era trotskista, solía darme verdaderos atracones de Silvio Rodríguez. No he dejado de hacerlo, si bien actualmente mi fascinación se parece bastante a la que provocan ciertas ruinas. En mi playlist, despuntaba Historia de las sillas, una de esas alegorías que tanto nos chiflaban a los dieciséis y que tan buenos frutos rendían a la hora del cortejo. "El camino es el partido", susurrábamos a las incautas, "y la silla es la renuncia a la lucha, el abandono de los ideales revolucionarios". El bumerán de la historia se revela estos días en su forma más despiadada e ingeniosa. Éstas son, en efecto, las únicas sillas por las que merecerá ser recordado el comunismo.


Hace unos días, en el transcurso de una cena, el joven liberal Albert Esplugas hurgó en las tribulaciones de aquellos internautas que, para mitigar el desprecio general de los anuncios digitales, tratan de que el anunciante perciba alguna que otra muestra de afecto. "A veces", confesó, "he llegado clicar en los banners sólo para corresponder al que se toma la molestia de pagarlos." Al hilo de sus palabras, otro de los comensales admitió que dejaba concluir el anuncio que precede a los vídeos, lo que suscitó un murmullo de complicidades que se fue tornando más y más unánime. Pensé entonces en la posibilidad de que internet fuera una farsa antológica, una especie de show de Truman en el que millones de usuarios fingieran interés por, pongamos, la cuenta nómina ing direct para no defraudar al pagano de turno. Pedí un whisky, aterrado de que fuera cierto.



La legión de ramplones que aborrece el flamenco tiene una oportunidad irrepetible para comprender de dónde viene eso que llaman gritos.