sábado, 11 de diciembre de 2010
Puro humo
Hoy, mientras Vero y Oriol atestaban el salón de palabras y humo, recordaba los tiempos en que me daba yo veneno que quiero morir. De los días nebulosos en que mi identidad era un pensamiento en forma de humareda, en que la combustión pulmonar era un rasgo al que, según decía entonces, jamás renunciaría. De él dependían la salud, los amores, los temblores, el llanto, la alegría, el candor. Y fumaba, sí, tanto fumaba que levitaban en humo mis andares, que no había ruina que no entrañara un instante memorable dígase el del cigarrito. En el andén del metro, en los vagones, en el autobús que me llevaba a la Barceloneta, en los pasillos del instituto y, por supuesto, en clase; en la sala de espera del seguro, en los aviones, en los coches, en los restaurantes, en los bares. No había nada más placentero que fumar jugando a fútbol, como hacía el gran Cruyff. O tal vez sí, tal vez dejar de comerte a besos para boquear señales de rendición fuera un pretexto radiante, maldito, fugaz; fumaba, sí, tanto fumaba que una madrugada de insomnio y bulerías traté de convencerme de que la esperanza consistía en apagar un cigarro para que faltara menos tiempo para encender otro. En las panaderías, en las discotecas, en el lavabo y la cama, en los hospitales, en las exposiciones, en las peluquerías, ahí fumaba yo. Aquellos días de incienso en que los chalados aventaban el mal entre aspavientos, acaso afilando las aristas de un orden imposible, de una comunidad luctuosa de palabras sin humo.