lunes, 13 de diciembre de 2010

Nobel entre noveles

Querido Oriol:

Desconozco si, a estas alturas, has acabado la lectura de El sueño del celta, novela que empezamos más o menos por las mismas fechas. Yo estuve en un tris de echarla al fuego pero, finalmente, y ya enredado en el casticismo, me líe la manta a la cabeza y peregriné por el erial irlandés hasta hacerme un hueco en el martirologio. Repondrás que Irlanda es campiña antes que erial, mas soy incapaz de destilar una imagen de ese libro que no conduzca a la desolación. No temas, no pretendo malherir a los crédulos con un fisking: con Gabo me caí en el barril de la poción y cualquier tentativa, por ínfima que sea, me acaba empachando. Así y todo, permíteme que haga constar algunos de los dislates sintácticos que trae el libro, como esos sujetos que, habiendo sido mencionados una hora antes, siguen produciendo acciones por el procedimiento de precederlas de cuantas comas hagan falta. O esa otra lúgubre extravagancia de don Mario, empeñado desde hace ya varias novelas en que una frase puede arrancar con una conjunción causal sin que, por lo demás, le anteceda causa alguna. O esas comas potestativas que ora están, ora no están. Ni que decir tiene que no tendrás noticia de que ningún crítico literario haya cumplido con su trabajo, esto es, se haya exclamado de que algunos párrafos presenten el aspecto de un fórceps. No en vano, si algo distingue a un Nobel es su corte de noveles, y Vargas Llosa no podía ser menos que los últimos premiados, de los que sólo Naipaul y Coetzee merecían un alto en el camino. Habrá quien considere que la crítica no debe perder un minuto garabateando redacciones escolares. Yo, en cambio, no entiendo el ejercicio de la crítica de otra forma, si bien es cierto que, para quien lo ignora todo sobre la escritura, nada mejor que ir gritando por las tabernas que lo que importante es lo profundo, undo, undo. A ello voy. Uno de los principales defectos de El sueño del celta radica en que la peripecia de Roger Casement carece de enjundia; o de trapío, dicho sea en el lenguaje de tus afectos. Parecerá un contrasentido, máxime teniendo en cuenta las vilezas y aberraciones que desfilan ante los ojos del protagonista, pero lo cierto es que ninguna de ellas se acaba proyectando en el argumento con la virulencia que exige la ficción. En otras palabras, Vargas Llosa presenta a Casement como el centro de gravedad de una serie de acontecimientos que, en realidad, acaban por superarle de punta a cabo, condenándole al rol de observador airado. En este sentido, la ausencia de un nervio dramático que favorezca la conducción de lo estrictamente temático (el colonialismo) provoca que El sueño del celta rebose de pasajes que parecen extraídos de un libro de texto. Es lo que los expertos llaman enciclopedismo, una deficiencia que suele acompañar a esos primerizos que, antes que contar una historia, anhelan resumir el mundo. El otro gran defecto de la obra es subsidiario del enciclopedismo y tiene que ver con el punto de vista. Yo aspiraba a que la retórica patriotera que babea el personaje se sirviera liofilizada y aun uperisada, a que existiera algo semejante a una mediación entre las odas al terruño y el lector o, si se quiere, entre el cilicio y la razón. No creo que sea una aspiración descabellada; después de todo, Vargas Llosa es uno de los intelectuales que más y mejor han desnudado al nacionalismo. Sin embargo, en el curso Casement de Educación Secundaria cualquier atisbo de paradoja adquiere la misma consistencia que un vahído de fotonovela. Estuve tentado, como imagino que lo habrás estado tú, de abonarme a la lúcida observación que realizara José Antonio Montano a cuenta de Travesuras de la niña mala. No hubo caso: la omniscencia de El sueño... es tan diáfana que desactiva cualquier posibilidad de andarse en triquiñuelas respecto a quién habla realmente, si Vargas o un trasunto de Casement. Así y todo, hay en la novela un triunfo postrero del autor, y que consiste, ni más ni menos, que en la elegancia que apunta su declive. Entre nosotros: no me imagino a ningún otro literato fracasando con la grandez con que fracasa Vargas. Mi decepción, así, nada tiene que ver con él, sino con la desesperante laxitud de la crítica española, incapaz de escribir un solo renglón del que no quepa sospechar que está basada en el prólogo. El caso, amigo, es que entre quienes denuestan las novelas y quienes siempre leen la misma, incluso los Nobel empiezan a tener prestigio.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Destrozanovelas, hay que tener valor para sacarle fallos gramaticales al flamante premio Nobel.
¿Te gustó "Lituma en los Andes"?
Ayer volví a ver "Balas sobre Brodway", de tu vilipendiado Woody. ¿la has visto?.
Puede ser que a los genios solo haya que juzgarlos por sus genialidades, ves a saber los churros que pintó Leonardo entre la Gioconda y la Última Cena.
Veva

Albert dijo...

Pero Veva, ¿tú viste cómo se ensañó con Gabito en Factual? Es que la dan igual las izquierdas que las derechas. Yo no sé dónde vamos a colocar a este chico. Y, total, porque Gabo no se encuentra cuando se aleja de la historia de su familia, y esta novela de Vargas Llosa (no la he leído) tampoco sé si tiene mucho de autobiográfico... Puede que haya autores de estilo exquisito -no sólo Pepe- que tienen un problema con la ficción... que no es otro que el de no saber vestir maniquíes.

Anónimo dijo...

Saludos Albert, encantada de leerle de nuevo, hasta que Don Destrozanóbeles nos vuelva a dejar sin comentarios.
Veva

Emilio dijo...

Yo disfruté con el fisking a Gabo. Aprendí muchas cosas. Vale, de acuerdo, ya las he olvidado, pero en su día las aprendí.