Iba yo muy ufano claveteando la columna de Miquel Giménez de la edición catalana de El Mundo (no disponible en el digital de acceso gratuito). Me enorgullecía, iluso de mí, de la pieza que acababa de cobrarme: nada menos que un autoplagio, un texto que contenía las mismas ideas que las que había expuesto el autor quince días antes. En mi lasciva imaginación, iba entretejiendo los más demoledores comentarios sobre la molicie del columnista funcionarial cuando, de pronto, la expresión "ni independentista ni ganas" me ha dejado en suspenso. ¿Dónde había visto yo esa cara? Con la relectura, he vuelto en mí. Cómo no iban a ser las mismas ideas siendo... ¡el mismo artículo! Al punto, me he preguntado si a Giménez se le habría ocurrido llamar a alguno de sus íntimos y preguntarle por el artículo de hoy. O si, en un acceso de insensatez, se habría sentado a esperar que esos mismos íntimos colapsaran su teléfono. (El lánguido, inexorable sometimiento a la evidencia de que el gran relato del mundo no se resiente por que se publique dos veces la misma columna. Que todo es igual, ay, que nada es mejor.)
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