domingo, 26 de diciembre de 2010
Fumarse la vida
Guardo cientos de cadáveres en el armario; tantos y de tan refinada hermosura que a menudo me pregunto en qué jirón de la vida me rendí al mal gusto. Ayer me apeteció saber qué había sido de Smoke, en qué rompeolas yacían sus restos. Tras verla de nuevo habré de preguntarme dónde yacen los míos. Ya el monólogo de William Hurt nos lleva a retreparnos en la butaca, a aguzar los sentidos ante lo que asemeja el preámbulo de una lluvia de sutilezas. No en vano, esa exquisita disertación sobre el peso del humo es una suerte de efusión lírica con que Paul Auster, guionista y codirector del filme, alude a la naturaleza de su propio estilo, al hecho de que sus postales neoyorquinas sean eso mismo, la decantación de una conversación disoluta, la insinuación de un torrente de ocurrencias apenas gobernado por la cadencia con que se van desenvainando los cigarrillos. Soy humo, nos dice Auster, puro humo, pero no yerren el tiro: también el humo es susceptible de pesaje, de cierto grosor filosófico. Ah, Auster. Como ven, mis pleitos con él provienen de un antiguo entusiasmo que, en el caso de la película que nos ocupa, sigue intacto, lo cual me anima a pensar (de forma un tanto optimista) que acaso el estupor en que me sumieron sus últimas novelas tenga más que ver con la deriva del autor que con mis recelos y ojerizas. Entre las columnas y humaredas que, en un sentido casi periodístico (dominical, si quieren), sobrenadan Smoke, la del álbum de fotos de Auggie es un bumerán que el azar ha devuelto en forma de genial precuela. El azar, sí, precisamente el azar, el gran catalizador de la literatura de Auster, en la que media una décima de segundo entre la rutina y la devastación. El álbum en cuestión, compuesto de cuatro mil fotografías tomadas a diario a la misma hora y en la misma esquina de Brooklyn, constituye un rutilante antecedente de los modernos blogs y es, a su manera, un hermoso blog analógico. Máxime teniendo en consideración que Harvey Keitel, a cuyo cuidado están esas fotografías, nos recuerda que el sentido profundo de ese blog es el que se desprende de la posibilidad de ser algo más que el dependiente de un estanco. "Yo creía que eras sólo estanquero", observa Hurt. "Nadie es sólo una cosa", repone Keitel. Por esa misma razón escribo yo en esta playa. A cada conversación, con cada una de esas humaredas, el argumento da un salto a un territorio inédito y brutal cuyo mar de fondo es la vicisitud de narrar lo vivido, la posibilidad de que la vida se convierta en una ¿mera? trastienda narrativa. ¿Adónde nos lleva el blog de Auggie? A la cámara con la que va tomando las fotografías (y que -todo blogger lleva puesto su cilicio- le impide irse de vacaciones). Auster, en efecto, es uno de esos pocos autores para quienes no sólo importa la luna, sino también el dedo que la señala, siendo así que el personaje de Auggie se arranca (el flamenco es la más nítida analogía con esa palabrería insalubre) con el relato de cómo consiguió la cámara. Y, puesto que todo torero tiene derecho al adorno, Auster remata la película con la escenificación de ese mismo relato. Cualquier profesor de medio pelo se llevaría las manos a la cabeza por el hecho de que el mostrar siguiera al declarar. No obstante, no siempre los desvelos incurren en redundancia; menos aún cuando el autor ha logrado la hazaña de llevar la acción al ámbito del metadiscurso, a un horizonte luminoso en el que lo que de veras importa es la fricción del lenguaje, la posibilidad de que la charla, el tribalismo de hoguera que nos lleva a contar y recontar cuanto somos, atenúe la tragedia de vivir.
miércoles, 22 de diciembre de 2010
Jamó y ques
"El catalán es una lengua ficticia." Anoche, tras la cena, anduve hasta casa meditando mis propias palabras, que los comensales recibieron con pitos y palmas. Puse como ejemplo una situación que, a mi modo de ver, resume perfectamente la paranoia que nos aqueja. Me refiero a los mossos de esquadra que, en el transcurso de esas lacias patrullas llamadas de proximidad, conversan... en castellano, es decir, en la lengua habitual de ambos (o, cuando menos, de uno de los dos). Pareciera de sentido común que, al dirigirse al ciudadano, esos mismos policías o cualesquiera que empleen el castellano, se expresaran también en castellano. Sin embargo, lo hacen en catalán; la mayoría de las veces, en un catalán lamentable, en una suerte de jerga que no provoca sino desconcierto. Por descontado, los mossos no son el único colectivo afectado por la afición a la parodia. Ni es Montilla el único individuo que se somete a la horma de la oficilialidad balbuceando un catalán artificioso, romo, torturado. Cuántas veces no habré visto cómo un ciudadano se dirige a un funcionario en una neolengua de esparto que tan sólo en sus más enfebrecidos sueños cabría considerar catalán. A esa clase de optimistas les salva un hecho casi fantasmagórico. No en vano, su empeño en fingirse catalanoparlantes suele corresponderse con el del funcionario, que es, dada su naturalísima ocupación, quien mejor interpreta el dialecto apache. Es este mío un país en que unos simulan que hablan catalán y otros simulan que entienden a quien simula hablar catalán. Para desgracia, claro está, de los españoles que lo hablamos de verdad.
martes, 21 de diciembre de 2010
Depacual
Querido De Paco:
Tu natural modesto y tus escasas dotes mercantiles te impiden sacar pecho y alardear de tu posición de preeminencia: Factual nació con De Paco y murió con De Paco. No es una exageración. La idea fue de Arcadi Espada, pero fue tomando cuerpo en el transcurso de una cena en tu cubículo graciense. Dejaste de dar clases para incorporarte a una exigua plantilla de periodistas que se dedicaba a pergeñar números cero sin contraprestación monetaria alguna. Os alimentabais de la ilusión de refundar el periodismo. Y el periodismo de pago, sea dicho. ¡Y en internet! Estuvisteis meses estrujando vuestro magín para colaborar en el advenimiento del medio revolucionario. Una vez que salió a la luz, llegaste a ser un reputado todólogo: fiskings eternos de Gabo; crónicas deportivas; hombre del tiempo (incluso del de Haití); cronista taurino; relator de costumbres barcelonesas; editor de múltiples artículos escritos con los pies; receptor de quejas; defensor del lector; guardias en Navidad y año nuevo, etc., etc. Todo ello desde las siete de la mañana a las tantas de la noche. Tenías las llaves del local (junto a la clave de la alarma) y cerrabas y abrías el chiringuito. Cuando cesó el primer Factual (el auténtico), tú seguiste allí. Es cierto que tú necesitabas a la empresa, pero también la empresa te necesitaba a ti. Después de todo, ¿quién iba a hacer de editor?, ¿quién sabía titular una pieza?, ¿quién conocía las claves de la alarma? Seguiste abriendo y cerrando el quiosco, aunque ya sabías -lo hablamos mil veces- que aquello tenía menos futuro que los toros en Barcelona. Se sucedieron los directores, pero tú, como redactor jefe, seguiste corrigiendo textos, cuadrando los verbos con los predicados, poniendo el acento al sí cuando era sí y suprimiéndolo cuando era si. Todos esos fallos que tienen los escritores de medio pelo. También llegaste a atender las llamadas de aquellos que pretendían la prometida devolución de los 50 euros de cuota y, por supuesto, las de los articulistas que no cobraban ni cobrarían jamás. En sólo seis meses, la deriva alcanzó cotas insospechadas. Por suerte, acabaste despedido y cobraste el finiquito, pero cerraste la luz y cancelaste la alarma. Fuiste el primero y el último. Soportaste el cúmulo más grande de despropósitos que se han podido contemplar en un medio de comunicación. Eres el testigo de cargo. Escríbelo todo y no te dejes nada.
Oriol Trillas
Tu natural modesto y tus escasas dotes mercantiles te impiden sacar pecho y alardear de tu posición de preeminencia: Factual nació con De Paco y murió con De Paco. No es una exageración. La idea fue de Arcadi Espada, pero fue tomando cuerpo en el transcurso de una cena en tu cubículo graciense. Dejaste de dar clases para incorporarte a una exigua plantilla de periodistas que se dedicaba a pergeñar números cero sin contraprestación monetaria alguna. Os alimentabais de la ilusión de refundar el periodismo. Y el periodismo de pago, sea dicho. ¡Y en internet! Estuvisteis meses estrujando vuestro magín para colaborar en el advenimiento del medio revolucionario. Una vez que salió a la luz, llegaste a ser un reputado todólogo: fiskings eternos de Gabo; crónicas deportivas; hombre del tiempo (incluso del de Haití); cronista taurino; relator de costumbres barcelonesas; editor de múltiples artículos escritos con los pies; receptor de quejas; defensor del lector; guardias en Navidad y año nuevo, etc., etc. Todo ello desde las siete de la mañana a las tantas de la noche. Tenías las llaves del local (junto a la clave de la alarma) y cerrabas y abrías el chiringuito. Cuando cesó el primer Factual (el auténtico), tú seguiste allí. Es cierto que tú necesitabas a la empresa, pero también la empresa te necesitaba a ti. Después de todo, ¿quién iba a hacer de editor?, ¿quién sabía titular una pieza?, ¿quién conocía las claves de la alarma? Seguiste abriendo y cerrando el quiosco, aunque ya sabías -lo hablamos mil veces- que aquello tenía menos futuro que los toros en Barcelona. Se sucedieron los directores, pero tú, como redactor jefe, seguiste corrigiendo textos, cuadrando los verbos con los predicados, poniendo el acento al sí cuando era sí y suprimiéndolo cuando era si. Todos esos fallos que tienen los escritores de medio pelo. También llegaste a atender las llamadas de aquellos que pretendían la prometida devolución de los 50 euros de cuota y, por supuesto, las de los articulistas que no cobraban ni cobrarían jamás. En sólo seis meses, la deriva alcanzó cotas insospechadas. Por suerte, acabaste despedido y cobraste el finiquito, pero cerraste la luz y cancelaste la alarma. Fuiste el primero y el último. Soportaste el cúmulo más grande de despropósitos que se han podido contemplar en un medio de comunicación. Eres el testigo de cargo. Escríbelo todo y no te dejes nada.
Oriol Trillas
lunes, 20 de diciembre de 2010
¿Funciona Reuters?
Leí (creo que fue en El Triangle, pero no me atrevería a jurarlo) que por Factual pasaron hasta cuatro directores. En realidad fueron cinco. A Arcadi Espada le sucedió Juan Carlos Girauta; a Girauta, Almudena Semur; a Semur, Fernando Pascual; y a Pascual, Pere Serrat. El interinaje de Serrat, ciertamente, apenas duró unos días, pero no por ello debe caer en el olvido de la historia de Factual, un periódico que, en lo que concierne a ceses, poco tuvo que envidiar al Atleti de Gil. ¿Que quién era Pere Serrat? Ahora es cuando, en las fábulas de cariz navideño, el off diría aquello de "pero empecemos por el principio". Yo empezaré por el final; más exactamente, por dos viernes antes del final. Esa noche, Almudena Semur y yo cruzamos la puerta del piano-bar Klavier, en la calle Aragón, con el firme propósito de que la ginebra hiciera el resto. Todavía no habíamos pedido cuando reparé en el grandullón que, microfóno en mano, cantaba La bohème, suscitando el embeleso de un coro (debo decir que bastante nutrido) de señores trajeados y señoras gustosas de masticar humo. Días atrás, Fernando Pascual me había presentado al trasunto de Aznavour en la redacción de Factual. Lo que jamás sospechó Pascual fue que me estaba presentando a su sucesor.
-Pepe, Pere Serrat. ¿O debo decir Séneca?
Existía. Séneca no era, como algunos de nosotros llegamos a creer, una suerte de autor colectivo a la manera de Wu Ming u Ofèlia Dracs. No, Séneca era perfectamente real. Para nuestra sorpresa, dicho sea de paso. No en vano, y desde la aparición de Factual, nuestro hombre acometió la hercúlea tarea de espolvorear con comentarios todos y cada uno de los artículos que fueron apareciendo en el periódico. Si alguna noticia merecía ser comentada (¿hay alguna que no lo merezca?) ahí estaba Séneca para apretar las clavijas de quien hiciera falta. Su leyenda, ya de por sí inimaginable, alcanzó cotas homéricas el día en que me confesó que algunos de los comentarios que yo, ingenuo de mí, había tomado por réplicas a sus observaciones, eran enteramente suyos. "Quien responde a mis comentarios soy yo mismo, sí; es una técnica que utilizo para animar el debate." Las preguntas revolotearon en mi mente cual molestos moscardones: ¿Habría algún comentario, uno solo, que no fuera de Séneca-Serrat? Es más: ¿Nos leía alguien además de Séneca-Serrat? Luego de apurar La bohème, se descolgó del cogollo de aduladores y vino hacia nosotros. Por entonces, ya se había consumado su designación como quinto director de Factual, pero no soltó prenda.
-Tan sólo puedo deciros que el lunes habrá cambios en el periódico.
Al lunes siguiente, en efecto, y ya investido del cargo, desgranó algo parecido a una hoja de ruta y estampó su huella dactilar en la portada: "Noticias y opiniones eclécticas". No habían transcurrido ni veinticuatro horas cuando, persuadido por un comentarista (¡Séneca ante el espejo!) de que las noticias no podían ser eclécticas, que es lo que daba a entender el sintagma, corrigió el santo y seña de su legado: "Noticias veraces y opiniones eclécticas". La lógica que aplicó el dueño para darle el timón del barco no tenía una sola fisura: si Séneca, en calidad de comentarista y sin cobrar un solo céntimo, había resultado más prolífico que Vázquez Montalbán, ¡qué clase de prodigio no haría cobrando! En mi delirio, restallaron los días de invierno en que Cristina Fallarás solía recordar que un periódico no era una fábrica de calcetines.
-Pepe, Pere Serrat. ¿O debo decir Séneca?
Existía. Séneca no era, como algunos de nosotros llegamos a creer, una suerte de autor colectivo a la manera de Wu Ming u Ofèlia Dracs. No, Séneca era perfectamente real. Para nuestra sorpresa, dicho sea de paso. No en vano, y desde la aparición de Factual, nuestro hombre acometió la hercúlea tarea de espolvorear con comentarios todos y cada uno de los artículos que fueron apareciendo en el periódico. Si alguna noticia merecía ser comentada (¿hay alguna que no lo merezca?) ahí estaba Séneca para apretar las clavijas de quien hiciera falta. Su leyenda, ya de por sí inimaginable, alcanzó cotas homéricas el día en que me confesó que algunos de los comentarios que yo, ingenuo de mí, había tomado por réplicas a sus observaciones, eran enteramente suyos. "Quien responde a mis comentarios soy yo mismo, sí; es una técnica que utilizo para animar el debate." Las preguntas revolotearon en mi mente cual molestos moscardones: ¿Habría algún comentario, uno solo, que no fuera de Séneca-Serrat? Es más: ¿Nos leía alguien además de Séneca-Serrat? Luego de apurar La bohème, se descolgó del cogollo de aduladores y vino hacia nosotros. Por entonces, ya se había consumado su designación como quinto director de Factual, pero no soltó prenda.
-Tan sólo puedo deciros que el lunes habrá cambios en el periódico.
Al lunes siguiente, en efecto, y ya investido del cargo, desgranó algo parecido a una hoja de ruta y estampó su huella dactilar en la portada: "Noticias y opiniones eclécticas". No habían transcurrido ni veinticuatro horas cuando, persuadido por un comentarista (¡Séneca ante el espejo!) de que las noticias no podían ser eclécticas, que es lo que daba a entender el sintagma, corrigió el santo y seña de su legado: "Noticias veraces y opiniones eclécticas". La lógica que aplicó el dueño para darle el timón del barco no tenía una sola fisura: si Séneca, en calidad de comentarista y sin cobrar un solo céntimo, había resultado más prolífico que Vázquez Montalbán, ¡qué clase de prodigio no haría cobrando! En mi delirio, restallaron los días de invierno en que Cristina Fallarás solía recordar que un periódico no era una fábrica de calcetines.
domingo, 19 de diciembre de 2010
La sonrisa del payaso
Las películas de Álex de la Iglesia suelen llegar envueltas en precinto fatuo y rumor de alharaca. En cuanto se divulga la noticia de que el cineasta ha sentado en el banquillo a los vendedores de El Corte Inglés (o a las comunidades de vecinos, o a los dúos de payasos...) sus incondicionales acarician la posibilidad de ver su memoria sensible convertida en celuloide. Al fin y al cabo, quién no ha dilapidado alguna que otra tarde en El Corte Inglés, quién no ha sufrido una junta de vecinos, quién no ha canturreado La familia unida con esa sensación que oscila entre el desamparo y la pestilencia. Vencido el rubicón sentimental, es el mismo De la Iglesia quien se encarga de proporcionar al espectador un reclamo intelectual, que, en algunos casos, adquiere aspecto de adagio superlativo. Asimismo, y atendiendo a la evidencia de que la comida entra por los ojos, los carteles constituyen un prodigio gráfico, una descarga de ingenio. Los títulos de crédito, finalmente, suponen el colofón a un packaging aderezado con camisetas, llaveros y demás gadgets al uso. ¿Las películas? Una ristra de vacuidades, una colección de gags más o menos exasperantes que, antes que servir al propósito de contar una historia, tratan de exorcizar los monstruos de De la Iglesia, un tipo que, por lo demás, empieza a parecerse demasiado a la España que retrata. Entiéndanme; a mí me obsesionan los tiburones blancos, el sonido caño roto y Bruce Lee, pero me sobra pudor (y me falta ambición) para poner a un regimiento de profesionales al servicio de lo que, en puridad, ni tan siquiera alcanza la categoría de traumaché. Esta tarde, mientras veía desfilar la habitual galería de fantasmas a cuenta de Balada triste..., me preguntaba cómo este adalid del frikismo se las ha ingeniado para endosarnos año tras año a sus fofitos y currojiménez de turno; cómo ha ido ennobleciendo su malditismo sin tomarse la molestia de esbozar un solo relato en que los personajes no sean meros fantoches sobre los que proyectar al niño-que-leía-tebeos-cuando-el-resto-de-la-clase-jugaba-al-fútbol. Dejando a un lado El día de la bestia, sus películas son un páramo cuyo único prestigio, ya digo, es el de la rabiosa novedad, el del fulgor paquetero, el de los actores luciendo camiseta en el programa de Buenafuente. Hoy, luego de digerir la escena del payaso ametrallando el bar, me ha venido a la cabeza el axioma de Raúl respecto a las comedias españolas: "Donde no hay talento suele haber gritos". En efecto, dicho tiroteo no sólo patentiza que De la Iglesia no tomó ningún apunte de engendros como 800 balas o Perdita Durango, sino que, además, sitúa sus salidas de tono en pie de igualdad con la Juani de Médico de Familia. Ah, pero pasarán los días, se derretirán los polos y morderemos el anzuelo de, pongamos, los enredos de un ballet que se parecerá al ballet Zoom pero que no será el ballet Zoom, o las intrigas de un turno de camareros que se parecerán a los del Zurich pero que no serán los del Zurich. Cualquier cosa, en fin, menos arremangarse y tentar la suerte del érase una vez.
jueves, 16 de diciembre de 2010
Gin Corner

Querido Oriol:
Dentro de unos años, cuando echemos la vista atrás, nos cabrá el orgullo o acaso la vergüenza de haber grafiteado en este blog el comienzo de una época. Esta tarde, con viento de Levante, Mike ha abierto los salones de su Gin Corner, una suerte de correlato del bar X dedicado al tráfico de ginebras. A semejanza de cualquier otra tienda de su género, el Gin Corner pretende civilizar a la concurrencia a golpe de observaciones que no desmerecerían junto a algunas de las citas de Wilde. Escucha cómo una de las empleadas trataba de persuadir a un ignorante de que, pese a las apariencias, el Gin era un local serio: "Este lote viene con Schweppes, una tónica extraordinaria nos pongamos como nos pongamos". Ha dicho lote, sí. En el Gin, además de instruir al neófito, asesorar al restaurador y celebrar degustaciones, salen a la venta lotes de ginebra + tónica. Confío en que la prosa sotheby's evoque la discreta inglesura que respira el sitio, cuyas estanterías me han recordado, asimismo, a esas librerías de lance que frecuenta Javier Marías en sus trasuntos novelados. Tan sólo el nombre me ha dejado algo contrariado, mas no a la manera del Tirsa y su tintineo de tragaperras, no; ese Gin Corner huele a franquicia, franquiciado y franquiciador. Ignoro, no obstante, si tal presentimiento es bueno o malo. Sea como sea, habremos de darnos un gran instante antes de que finalice el año. El primero.
miércoles, 15 de diciembre de 2010
Historia de una silla
Cuando era trotskista, solía darme verdaderos atracones de Silvio Rodríguez. No he dejado de hacerlo, si bien actualmente mi fascinación se parece bastante a la que provocan ciertas ruinas. En mi playlist, despuntaba Historia de las sillas, una de esas alegorías que tanto nos chiflaban a los dieciséis y que tan buenos frutos rendían a la hora del cortejo. "El camino es el partido", susurrábamos a las incautas, "y la silla es la renuncia a la lucha, el abandono de los ideales revolucionarios". El bumerán de la historia se revela estos días en su forma más despiadada e ingeniosa. Éstas son, en efecto, las únicas sillas por las que merecerá ser recordado el comunismo.
Hace unos días, en el transcurso de una cena, el joven liberal Albert Esplugas hurgó en las tribulaciones de aquellos internautas que, para mitigar el desprecio general de los anuncios digitales, tratan de que el anunciante perciba alguna que otra muestra de afecto. "A veces", confesó, "he llegado clicar en los banners sólo para corresponder al que se toma la molestia de pagarlos." Al hilo de sus palabras, otro de los comensales admitió que dejaba concluir el anuncio que precede a los vídeos, lo que suscitó un murmullo de complicidades que se fue tornando más y más unánime. Pensé entonces en la posibilidad de que internet fuera una farsa antológica, una especie de show de Truman en el que millones de usuarios fingieran interés por, pongamos, la cuenta nómina ing direct para no defraudar al pagano de turno. Pedí un whisky, aterrado de que fuera cierto.
La legión de ramplones que aborrece el flamenco tiene una oportunidad irrepetible para comprender de dónde viene eso que llaman gritos.
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martes, 14 de diciembre de 2010
Tributo a Discépolo
Iba yo muy ufano claveteando la columna de Miquel Giménez de la edición catalana de El Mundo (no disponible en el digital de acceso gratuito). Me enorgullecía, iluso de mí, de la pieza que acababa de cobrarme: nada menos que un autoplagio, un texto que contenía las mismas ideas que las que había expuesto el autor quince días antes. En mi lasciva imaginación, iba entretejiendo los más demoledores comentarios sobre la molicie del columnista funcionarial cuando, de pronto, la expresión "ni independentista ni ganas" me ha dejado en suspenso. ¿Dónde había visto yo esa cara? Con la relectura, he vuelto en mí. Cómo no iban a ser las mismas ideas siendo... ¡el mismo artículo! Al punto, me he preguntado si a Giménez se le habría ocurrido llamar a alguno de sus íntimos y preguntarle por el artículo de hoy. O si, en un acceso de insensatez, se habría sentado a esperar que esos mismos íntimos colapsaran su teléfono. (El lánguido, inexorable sometimiento a la evidencia de que el gran relato del mundo no se resiente por que se publique dos veces la misma columna. Que todo es igual, ay, que nada es mejor.)
lunes, 13 de diciembre de 2010
Nobel entre noveles
Querido Oriol:
Desconozco si, a estas alturas, has acabado la lectura de El sueño del celta, novela que empezamos más o menos por las mismas fechas. Yo estuve en un tris de echarla al fuego pero, finalmente, y ya enredado en el casticismo, me líe la manta a la cabeza y peregriné por el erial irlandés hasta hacerme un hueco en el martirologio. Repondrás que Irlanda es campiña antes que erial, mas soy incapaz de destilar una imagen de ese libro que no conduzca a la desolación. No temas, no pretendo malherir a los crédulos con un fisking: con Gabo me caí en el barril de la poción y cualquier tentativa, por ínfima que sea, me acaba empachando. Así y todo, permíteme que haga constar algunos de los dislates sintácticos que trae el libro, como esos sujetos que, habiendo sido mencionados una hora antes, siguen produciendo acciones por el procedimiento de precederlas de cuantas comas hagan falta. O esa otra lúgubre extravagancia de don Mario, empeñado desde hace ya varias novelas en que una frase puede arrancar con una conjunción causal sin que, por lo demás, le anteceda causa alguna. O esas comas potestativas que ora están, ora no están. Ni que decir tiene que no tendrás noticia de que ningún crítico literario haya cumplido con su trabajo, esto es, se haya exclamado de que algunos párrafos presenten el aspecto de un fórceps. No en vano, si algo distingue a un Nobel es su corte de noveles, y Vargas Llosa no podía ser menos que los últimos premiados, de los que sólo Naipaul y Coetzee merecían un alto en el camino. Habrá quien considere que la crítica no debe perder un minuto garabateando redacciones escolares. Yo, en cambio, no entiendo el ejercicio de la crítica de otra forma, si bien es cierto que, para quien lo ignora todo sobre la escritura, nada mejor que ir gritando por las tabernas que lo que importante es lo profundo, undo, undo. A ello voy. Uno de los principales defectos de El sueño del celta radica en que la peripecia de Roger Casement carece de enjundia; o de trapío, dicho sea en el lenguaje de tus afectos. Parecerá un contrasentido, máxime teniendo en cuenta las vilezas y aberraciones que desfilan ante los ojos del protagonista, pero lo cierto es que ninguna de ellas se acaba proyectando en el argumento con la virulencia que exige la ficción. En otras palabras, Vargas Llosa presenta a Casement como el centro de gravedad de una serie de acontecimientos que, en realidad, acaban por superarle de punta a cabo, condenándole al rol de observador airado. En este sentido, la ausencia de un nervio dramático que favorezca la conducción de lo estrictamente temático (el colonialismo) provoca que El sueño del celta rebose de pasajes que parecen extraídos de un libro de texto. Es lo que los expertos llaman enciclopedismo, una deficiencia que suele acompañar a esos primerizos que, antes que contar una historia, anhelan resumir el mundo. El otro gran defecto de la obra es subsidiario del enciclopedismo y tiene que ver con el punto de vista. Yo aspiraba a que la retórica patriotera que babea el personaje se sirviera liofilizada y aun uperisada, a que existiera algo semejante a una mediación entre las odas al terruño y el lector o, si se quiere, entre el cilicio y la razón. No creo que sea una aspiración descabellada; después de todo, Vargas Llosa es uno de los intelectuales que más y mejor han desnudado al nacionalismo. Sin embargo, en el curso Casement de Educación Secundaria cualquier atisbo de paradoja adquiere la misma consistencia que un vahído de fotonovela. Estuve tentado, como imagino que lo habrás estado tú, de abonarme a la lúcida observación que realizara José Antonio Montano a cuenta de Travesuras de la niña mala. No hubo caso: la omniscencia de El sueño... es tan diáfana que desactiva cualquier posibilidad de andarse en triquiñuelas respecto a quién habla realmente, si Vargas o un trasunto de Casement. Así y todo, hay en la novela un triunfo postrero del autor, y que consiste, ni más ni menos, que en la elegancia que apunta su declive. Entre nosotros: no me imagino a ningún otro literato fracasando con la grandez con que fracasa Vargas. Mi decepción, así, nada tiene que ver con él, sino con la desesperante laxitud de la crítica española, incapaz de escribir un solo renglón del que no quepa sospechar que está basada en el prólogo. El caso, amigo, es que entre quienes denuestan las novelas y quienes siempre leen la misma, incluso los Nobel empiezan a tener prestigio.
Desconozco si, a estas alturas, has acabado la lectura de El sueño del celta, novela que empezamos más o menos por las mismas fechas. Yo estuve en un tris de echarla al fuego pero, finalmente, y ya enredado en el casticismo, me líe la manta a la cabeza y peregriné por el erial irlandés hasta hacerme un hueco en el martirologio. Repondrás que Irlanda es campiña antes que erial, mas soy incapaz de destilar una imagen de ese libro que no conduzca a la desolación. No temas, no pretendo malherir a los crédulos con un fisking: con Gabo me caí en el barril de la poción y cualquier tentativa, por ínfima que sea, me acaba empachando. Así y todo, permíteme que haga constar algunos de los dislates sintácticos que trae el libro, como esos sujetos que, habiendo sido mencionados una hora antes, siguen produciendo acciones por el procedimiento de precederlas de cuantas comas hagan falta. O esa otra lúgubre extravagancia de don Mario, empeñado desde hace ya varias novelas en que una frase puede arrancar con una conjunción causal sin que, por lo demás, le anteceda causa alguna. O esas comas potestativas que ora están, ora no están. Ni que decir tiene que no tendrás noticia de que ningún crítico literario haya cumplido con su trabajo, esto es, se haya exclamado de que algunos párrafos presenten el aspecto de un fórceps. No en vano, si algo distingue a un Nobel es su corte de noveles, y Vargas Llosa no podía ser menos que los últimos premiados, de los que sólo Naipaul y Coetzee merecían un alto en el camino. Habrá quien considere que la crítica no debe perder un minuto garabateando redacciones escolares. Yo, en cambio, no entiendo el ejercicio de la crítica de otra forma, si bien es cierto que, para quien lo ignora todo sobre la escritura, nada mejor que ir gritando por las tabernas que lo que importante es lo profundo, undo, undo. A ello voy. Uno de los principales defectos de El sueño del celta radica en que la peripecia de Roger Casement carece de enjundia; o de trapío, dicho sea en el lenguaje de tus afectos. Parecerá un contrasentido, máxime teniendo en cuenta las vilezas y aberraciones que desfilan ante los ojos del protagonista, pero lo cierto es que ninguna de ellas se acaba proyectando en el argumento con la virulencia que exige la ficción. En otras palabras, Vargas Llosa presenta a Casement como el centro de gravedad de una serie de acontecimientos que, en realidad, acaban por superarle de punta a cabo, condenándole al rol de observador airado. En este sentido, la ausencia de un nervio dramático que favorezca la conducción de lo estrictamente temático (el colonialismo) provoca que El sueño del celta rebose de pasajes que parecen extraídos de un libro de texto. Es lo que los expertos llaman enciclopedismo, una deficiencia que suele acompañar a esos primerizos que, antes que contar una historia, anhelan resumir el mundo. El otro gran defecto de la obra es subsidiario del enciclopedismo y tiene que ver con el punto de vista. Yo aspiraba a que la retórica patriotera que babea el personaje se sirviera liofilizada y aun uperisada, a que existiera algo semejante a una mediación entre las odas al terruño y el lector o, si se quiere, entre el cilicio y la razón. No creo que sea una aspiración descabellada; después de todo, Vargas Llosa es uno de los intelectuales que más y mejor han desnudado al nacionalismo. Sin embargo, en el curso Casement de Educación Secundaria cualquier atisbo de paradoja adquiere la misma consistencia que un vahído de fotonovela. Estuve tentado, como imagino que lo habrás estado tú, de abonarme a la lúcida observación que realizara José Antonio Montano a cuenta de Travesuras de la niña mala. No hubo caso: la omniscencia de El sueño... es tan diáfana que desactiva cualquier posibilidad de andarse en triquiñuelas respecto a quién habla realmente, si Vargas o un trasunto de Casement. Así y todo, hay en la novela un triunfo postrero del autor, y que consiste, ni más ni menos, que en la elegancia que apunta su declive. Entre nosotros: no me imagino a ningún otro literato fracasando con la grandez con que fracasa Vargas. Mi decepción, así, nada tiene que ver con él, sino con la desesperante laxitud de la crítica española, incapaz de escribir un solo renglón del que no quepa sospechar que está basada en el prólogo. El caso, amigo, es que entre quienes denuestan las novelas y quienes siempre leen la misma, incluso los Nobel empiezan a tener prestigio.
sábado, 11 de diciembre de 2010
Puro humo
Hoy, mientras Vero y Oriol atestaban el salón de palabras y humo, recordaba los tiempos en que me daba yo veneno que quiero morir. De los días nebulosos en que mi identidad era un pensamiento en forma de humareda, en que la combustión pulmonar era un rasgo al que, según decía entonces, jamás renunciaría. De él dependían la salud, los amores, los temblores, el llanto, la alegría, el candor. Y fumaba, sí, tanto fumaba que levitaban en humo mis andares, que no había ruina que no entrañara un instante memorable dígase el del cigarrito. En el andén del metro, en los vagones, en el autobús que me llevaba a la Barceloneta, en los pasillos del instituto y, por supuesto, en clase; en la sala de espera del seguro, en los aviones, en los coches, en los restaurantes, en los bares. No había nada más placentero que fumar jugando a fútbol, como hacía el gran Cruyff. O tal vez sí, tal vez dejar de comerte a besos para boquear señales de rendición fuera un pretexto radiante, maldito, fugaz; fumaba, sí, tanto fumaba que una madrugada de insomnio y bulerías traté de convencerme de que la esperanza consistía en apagar un cigarro para que faltara menos tiempo para encender otro. En las panaderías, en las discotecas, en el lavabo y la cama, en los hospitales, en las exposiciones, en las peluquerías, ahí fumaba yo. Aquellos días de incienso en que los chalados aventaban el mal entre aspavientos, acaso afilando las aristas de un orden imposible, de una comunidad luctuosa de palabras sin humo.
jueves, 9 de diciembre de 2010
BTFL
Hablas de Biutiful, querido De Paco. Ayer la vi. ¡Menuda orgía de sufrimiento! Verdaderamente es el espejo cóncavo de Vicky Cristina Barcelona; pero me llamó sobremanera la atención la cuota catalana del film. En los créditos de la película aparece que ha sido coproducida por TV3. Esto no es más que un eufemismo que significa que los contribuyentes catalanes hemos pagado peaje a Iñárritu. ¿Y cómo nos ha devuelto el favor? ¿Apareciendo catalanes en la película? ¡Qué va! No sale ni uno. Se dejan ver mexicanos, chinos, africanos, algún jeto de Santako y para de contar. Ahora bien, la cuota lingüística asoma de manera impecable. Cuando desayunan los niños no toman zumo Don Simón, sino un pote de suc. La leche no es Asturiana, ni tan siquiera Ato, sino que se rotula de forma evidente como llet. Cuando la negra huye en tren, después de recoger la pasta de Bardem, se oye en perfecto catalán que Rodalies informa. Y el pasaje más grotesco es cuando Uxbal sale en libertad, una vez que el hermano le paga la fianza, que aparece un edificio con un letrero enorme en el que se lee Jutjats. Digo grotesco porque aquel inmueble no pertenece a la administración de justicia. No se corresponde con los juzgados de Santa Coloma, ni con sede judicial alguna. Pillaron cualquier finca (no alcanzo a reconocer de dónde) y le estamparon el pegote normalizado. Sin quererlo han retratado fehacientemente el paisaje del extrarradio barcelonés: una sociedad castellano parlante, rotulada en un idioma que no habla el común de los mortales. Una suerte de gaélico. Es más, Biutiful retrata claramente la irrelevancia e insignificancia de Cataluña. Una tierra cuya única importancia se centra en Barcelona y en la que el idioma vernáculo no es más que una reliquia que aparece difuminada en el horizonte, cual si fuera un hórreo gallego o la silueta de un toro de Osborne.
Por último, debo hacerte una precisión: el interior de la iglesia donde velan los cadáveres de los tres niños es la parroquia de San Juan Bautista del barrio de El Fondo de Santa Coloma. Te dejo una foto.

No es una parroquia cualquiera. Ya te he hablado alguna vez de su párroco: Mossèn Francesc Espinar Comas. Es una de las pocas iglesias que siempre está llena. Y parece la ONU: españoles, latinoamericanos, europeos del este, hasta chinos. Un verdadero suceso en los tiempos que corren. Y además se trata de un cura culto, políglota (habla 8 idiomas) e hiperactivo (aparte de la parroquia lleva el servicio religioso del tanatorio de Santa Coloma). No creas que lo tuvo fácil: allí anidaban los curas comunistas. Hasta uno fue alcalde de la localidad. Luego todo quedó en nada hasta que germinó Mossèn Espinar. Y ahora su parroquia ya la conoce todo el mundo. Aunque llevas razón, el exterior pertenece al templo de la calle Almirante Cervera de la Barceloneta. Sí, sí, de la playa Libre. Donde aparecen los cadáveres de los chinos. En esta película todos tenemos conocidos. Hasta sale el instituto donde mi mujer estudió el bachillerato. ¡País petit!
Oriol Trillas
Por último, debo hacerte una precisión: el interior de la iglesia donde velan los cadáveres de los tres niños es la parroquia de San Juan Bautista del barrio de El Fondo de Santa Coloma. Te dejo una foto.

No es una parroquia cualquiera. Ya te he hablado alguna vez de su párroco: Mossèn Francesc Espinar Comas. Es una de las pocas iglesias que siempre está llena. Y parece la ONU: españoles, latinoamericanos, europeos del este, hasta chinos. Un verdadero suceso en los tiempos que corren. Y además se trata de un cura culto, políglota (habla 8 idiomas) e hiperactivo (aparte de la parroquia lleva el servicio religioso del tanatorio de Santa Coloma). No creas que lo tuvo fácil: allí anidaban los curas comunistas. Hasta uno fue alcalde de la localidad. Luego todo quedó en nada hasta que germinó Mossèn Espinar. Y ahora su parroquia ya la conoce todo el mundo. Aunque llevas razón, el exterior pertenece al templo de la calle Almirante Cervera de la Barceloneta. Sí, sí, de la playa Libre. Donde aparecen los cadáveres de los chinos. En esta película todos tenemos conocidos. Hasta sale el instituto donde mi mujer estudió el bachillerato. ¡País petit!
Oriol Trillas
martes, 7 de diciembre de 2010
El agravio
Anoche, con las prisas, olvidé comentar la relación que propone Iñárritu entre Barcelona y Uxbal. Análogamente al hecho de que Uxbal es un desgraciado (ya no sé si porque su final está cerca o porque es hincha del Español), la ciudad que lo engulle es un humedal ajado, un cabaré de miseria. Ello no obsta para que Iñárritu consagre su mirada a la belleza; antes al contrario, la jactanciosa belleza que exuda Biutiful pasa precisamente por la exaltación de la fealdad, por esa complacencia con que la cámara barre la Barcelona lletja, como dijera el gran Permanyer. Llegados aquí, valga una observación sobre la funesta manía de que Barcelona se convierta en un plató y, más precisamente, sobre el desprecio a la evidencia de que los barceloneses, por aquello de mirarse el ombligo, serán los primeros en ir a ver cuanto se ruede en sus calles. Lo digo porque me resulta intolerable que un personaje entre por una callejuela del extrarradio y, de pronto, al volver la esquina, se encuentre en la Barceloneta; o que los hijos de Uxbal vayan andando al colegio desde Santa Coloma, cuando cualquier barcelonés medio sabría ubicar ese colegio en Sant Pau del Camp; o que la fachada de la iglesia donde velan los cadáveres de los tres niños corresponda a la parroquia de Almirante Cervera, en la Barceloneta, pero el interior pertenezca a otra iglesia. Hechas las cuentas, y poniendo en la balanza el modo como se resiente la verosimilitud, no creo que a los barceloneses nos convenga demasiado que se sigan rodando películas en la ciudad. No, si al final de la película nos sobrecoge la sospecha de que, antes que en Barcelona, vivimos en un desierto de Almería.
lunes, 6 de diciembre de 2010
Perico hasta la muerte
Vengo de ver Biutiful y estoy desolado. No ya por la historia en sí, que, aunque algo hay, es una película tan sumamente afectada que lo trágico acaba resultando chic. En cierto modo, el afán de pulcritud y el gusto por la sutileza se muestran de forma tan descarnada que, al cabo, el drama acaba adquiriendo una consistencia un tanto beata, como de fábula narcótica. Tal es el efecto que, a mi modo de ver, provoca semejante atasco de imágenes oníricas, esa retórica nitrogenada a lo "a qué huelen las nubes" en que a Iñárritu se le ve el cartón de publicista. En ese mismo sentido opera el sinnúmero de meandros que salpican la acción y que, irremediablemente, diluyen la desdicha del protagonista, que es algo así como la desdicha del mundo. Y eso, a pesar de que Bardem ocupa la pantalla de principio a fin. Si van a verla, verán que Uxbal, el personaje que interpreta Bardem, es hincha del RCD Español. De ello dan fe unas medias, una sudadera y el póster de la Copa del Rey de 2006. Dado que Biutiful es una suerte de canto fúnebre, un plañido en suspensión en que no cabe otro consuelo que la memoria, me aterra la posibilidad de que Iñárritu, al construir la identidad de Uxbal, llegara a la conclusión de que, puestos a elegir equipo, el que más convenía a un moribundo era el Español; que no había mejor alegoría para un personaje terminal, vaya, que una camiseta blanquiazul. Si atendemos a la querencia del director por columpiarse en la metáfora, la hipótesis no me parece en absoluto temeraria. Máxime si tenemos en cuenta que el bebé negrito que representa la esperanza se llama Samuel. ¿Adivinan por qué? Exacto, en honor a Samuel Eto'o, que cuando se rodó la película todavía jugaba en el Barça. ¿Comprenden ahora mi desolación?
domingo, 5 de diciembre de 2010
De la infestación
La noticia de El País que da cuenta de los ataques de tiburón en el mar Rojo debería colgar de las aulas de las escuelas de cine. Su autora, Laura Tesón, desliza la posibilidad (un tanto retórica) de que el suceso alimente "un buen argumento para otra secuela de la legendaria Tiburón". Lo que no prevé Tesón es que por ese rendija, por ese flanco más o menos colorista, la ficción acabe por adueñarse de los hechos hasta convertirlos en un pálido remedo de la película de Spielberg. Por eso, entre otras razones, decimos que esa película es legendaria.
"El Mar Rojo hizo un crudo honor a su nombre cuando la semana pasada dos rusos sufrieron serias lesiones tras sufrir el ataque..."
"Los ataques fueron atribuidos en principio a un tiburón oceánico punta blanca y luego a dos, por lo que los ministerios de Medio ambiente y Turismo respondieron cerrando las principales playas de Sharm El Sheikh, excepto Ras Muhammad, y lanzándose a una caza de tiburones..."
"El pasado jueves, anunciaron la captura y muerte de los escualos. Sin embargo la Asociación para la Conservación y la Protección Ambiental de Hurghada se preguntaba en un comunicado si realmente se había capturado a los animales responsables del ataque y dudaban de que las fotos que se mostraron no coincidían con las que tenían del día del ataque..."
"Las autoridades egipcias se echan a temblar cada vez que algún suceso pone en riesgo su principal fuente de ingresos: el turismo."
"El Mar Rojo hizo un crudo honor a su nombre cuando la semana pasada dos rusos sufrieron serias lesiones tras sufrir el ataque..."
"Los ataques fueron atribuidos en principio a un tiburón oceánico punta blanca y luego a dos, por lo que los ministerios de Medio ambiente y Turismo respondieron cerrando las principales playas de Sharm El Sheikh, excepto Ras Muhammad, y lanzándose a una caza de tiburones..."
"El pasado jueves, anunciaron la captura y muerte de los escualos. Sin embargo la Asociación para la Conservación y la Protección Ambiental de Hurghada se preguntaba en un comunicado si realmente se había capturado a los animales responsables del ataque y dudaban de que las fotos que se mostraron no coincidían con las que tenían del día del ataque..."
"Las autoridades egipcias se echan a temblar cada vez que algún suceso pone en riesgo su principal fuente de ingresos: el turismo."
sábado, 4 de diciembre de 2010
Español, el PSC del fútbol
La historia reciente del RCD Español es una cascada de renuncias cuyo objetivo no ha sido otro que rebañar unas migajas de afecto de quienes, tradicionalmente, nos han considerado un grumo en el paisaje. Todo empezó el día en que un incógnito normalizador de almas suprimió la "ñ" e incrustó, en su lugar, el dígrafo "ny". La renuncia al castellano, no obstante, no suscitó ninguna muestra de calidez, de ahí que fuera necesario tomar una segunda medida de desratización, consistente ésta en tirar por la borda nuestro hermoso himno bilingüe y adoptar una tonada candorosa (según Trillas, asemeja una cuña del Club Supertrés) que, aún hoy, no tiene la más ínfima repercusión en el cancionero de la hinchada. Ni que decir tiene que ese horrísono Jo t'estimo Espanyol que escupe la megafonía de Cornellá tampoco levantó adhesión alguna entre los custodios de la bondad universal. De hecho, ni siquiera la erradicación de las Brigadas Blanquiazules y la volatilización de las banderas españolas motivó que, al fin, resultáramos agraciados en el habitual reparto de salvoconductos morales. Mas nuestro empeño es infinito; no en vano, en los últimos partidos, un sector de almas gentiles chista, visiblemente molesto, en cuanto la muchachada entona el Puta Barça. Y en caso de que la domesticación de la grada no tenga el menor efecto, disponemos de una última bala, cual es sacrificar el nombre de Español y darnos el de Atlètic Catalunya. Lo más probable es que sigamos siendo unos apestados y en la grada no haya un solo perico más. Ahora bien, llegado ese momento, habrá que pensar si nos conviene seguir perteneciendo a esa iglesia. Valga, como botón de muestra, lo que le ha ocurrido al PSC.
viernes, 3 de diciembre de 2010
El partido del ambiente
Querido Oriol:
Es probable que hayas reparado en que soy bastante dado a la extranjería. Mi querencia viene de antiguo, pues ya en la Facultad de Periodismo hice buenas migas con una madrileña. Aun antes de la universidad, y en lo que hoy es el X, solía alternar con un egipcio llamado Mahmmoud, con quien frecuentaba una tertulia a la que, de cuando en cuando, se incorporaban Litos, argentino de Buenos Aires, Thomas, hamburgués del Ensanche, y Jorge, que provenía de una remota aldea del Uruguay. Es verdad que a las puertas del bar Mombasa mis recuerdos tienden a desdibujarse, mas no lo suficiente como para olvidar a Darren, un australiano de Adelaida que era un dechado de cortesía. He de admitir, no obstante, que mis tratos con los bárbaros vienen sufriendo alguna que otra alteración. La más notable tiene que ver con los decibelios: las afables conversaciones con Mahmmoud han dado paso al horrísono lamento cantonés que, cada noche, a eso de las diez, proviene del tercero; o a la salsa brava con que el dominicano del cuarto celebra su paso por el mundo. Ciertamente, corren malos tiempos para la ufanía cosmopolita, tanto más cuanto que al griterío babélico se ha sumado la bulla racista, perfectamente resumida, enquistada y abortada en esos 75.000 indeseables con quienes, por lo visto, convivimos, y cuya única estrategia de gobernación pasa por el llamamiento a las cruzadas. No niego que la inmigración sea un problema (¡sobre todo para quien emigra!), pero me irrita que ese problema propicie una suerte de blindaje moral ante lo que supone el voto a un partido como PxC. No en vano, en esa grotesca disolución de la responsabilidad, en esa turbia apelación a las circunstancias ruidosas en que viene envuelta la vida, hay una voluntad nítidamente exculpatoria. Parece indudable que, en el intento de dilucidar si el racista nace o se hace, el ambiente es crucial; y que las condiciones para que el gen se expanda son más favorables en El Vendrell que en Puerto Banús. Dicho lo cual, no es menos verdad que hay quien gusta de tener a mano un ambiente para que su fobia sea más presentable. Por ello mismo, y frente a la propagación de ese racismo con causa (justa) con que tantos justifican su extravío, conviene recordar que, gracias a Dios, y mal que pese a la izquierda, todavía hay clases.
Es probable que hayas reparado en que soy bastante dado a la extranjería. Mi querencia viene de antiguo, pues ya en la Facultad de Periodismo hice buenas migas con una madrileña. Aun antes de la universidad, y en lo que hoy es el X, solía alternar con un egipcio llamado Mahmmoud, con quien frecuentaba una tertulia a la que, de cuando en cuando, se incorporaban Litos, argentino de Buenos Aires, Thomas, hamburgués del Ensanche, y Jorge, que provenía de una remota aldea del Uruguay. Es verdad que a las puertas del bar Mombasa mis recuerdos tienden a desdibujarse, mas no lo suficiente como para olvidar a Darren, un australiano de Adelaida que era un dechado de cortesía. He de admitir, no obstante, que mis tratos con los bárbaros vienen sufriendo alguna que otra alteración. La más notable tiene que ver con los decibelios: las afables conversaciones con Mahmmoud han dado paso al horrísono lamento cantonés que, cada noche, a eso de las diez, proviene del tercero; o a la salsa brava con que el dominicano del cuarto celebra su paso por el mundo. Ciertamente, corren malos tiempos para la ufanía cosmopolita, tanto más cuanto que al griterío babélico se ha sumado la bulla racista, perfectamente resumida, enquistada y abortada en esos 75.000 indeseables con quienes, por lo visto, convivimos, y cuya única estrategia de gobernación pasa por el llamamiento a las cruzadas. No niego que la inmigración sea un problema (¡sobre todo para quien emigra!), pero me irrita que ese problema propicie una suerte de blindaje moral ante lo que supone el voto a un partido como PxC. No en vano, en esa grotesca disolución de la responsabilidad, en esa turbia apelación a las circunstancias ruidosas en que viene envuelta la vida, hay una voluntad nítidamente exculpatoria. Parece indudable que, en el intento de dilucidar si el racista nace o se hace, el ambiente es crucial; y que las condiciones para que el gen se expanda son más favorables en El Vendrell que en Puerto Banús. Dicho lo cual, no es menos verdad que hay quien gusta de tener a mano un ambiente para que su fobia sea más presentable. Por ello mismo, y frente a la propagación de ese racismo con causa (justa) con que tantos justifican su extravío, conviene recordar que, gracias a Dios, y mal que pese a la izquierda, todavía hay clases.
jueves, 2 de diciembre de 2010
La estética caganer
Querido De Paco:
Más que el canje de cleptómanos que se ha producido tras las recientes elecciones catalanas, creo que merece destacarse a esa pléyade de miembros de ERC que se han quedado sin oficio ni beneficio. Irrumpieron hace siete años en el poder con sus camisas marrones, negras, lilas. Con los cabellos poco lavados, mal peinados y el borrissol del cogote sin arreglar. De pronto todos engordaron de una manera abrupta, explicable únicamente por un hambre voraz. Después todos adelgazaron también a la vez (debió de ser una de sus decisiones asamblearias), para volver a engordar a las mínimas de cambio. Los ha habido paradigmáticos: Bargalló (¡conseller en cap!), que se jactaba de ir sin corbata y se le adivinaba el pico de la samarreta -en plan marine- por debajo de la camisa negra o marrón. Joan Puig, con su cara de sómines, luciendo tripita en la piscina de Pedro Jota. Benach (grueso o delgado) en el palco del Barça con un auricular escuchando a Puyal. Carod gritando "mans netes" o "no ens acolloniran". Puigcercós (que también pasó de delgado a grueso); Vendrell, que parecía interpretar el Manelic de Terra Baixa; Tardà, que te recordaba al Mag Maginet, etc., etc. Ni una cara guapa, ni una camisa clara. No sólo eso: ni un currículum. Ninguno de ellos tenía una historia paralela a la política profesional. No es que muchos careciesen de un título universitario, sino que pocos habían ejercido una profesión liberal. Ya no digamos una actividad empresarial. Ni un éxito en la vida. Ciertamente, ERC es un partido con una triste historia. Más bien repugnante. Una historia de traiciones, arribismos y vuelo gallináceo. En la transición política eran un partido de abueletes nostálgicos de la caseta i l'hortet de Macià. Luego se apoderaron de él Colom y Rahola, que acabaron como el rosario de la aurora. Les sucedió la estética caganer. No dan más de sí. Ahora vuelven al hambre, tras haberse acostumbrado a un excitante tren de vida. A cargo del contribuyente, claro está. Se esperan largas terapias de adaptación.
Oriol Trillas
Más que el canje de cleptómanos que se ha producido tras las recientes elecciones catalanas, creo que merece destacarse a esa pléyade de miembros de ERC que se han quedado sin oficio ni beneficio. Irrumpieron hace siete años en el poder con sus camisas marrones, negras, lilas. Con los cabellos poco lavados, mal peinados y el borrissol del cogote sin arreglar. De pronto todos engordaron de una manera abrupta, explicable únicamente por un hambre voraz. Después todos adelgazaron también a la vez (debió de ser una de sus decisiones asamblearias), para volver a engordar a las mínimas de cambio. Los ha habido paradigmáticos: Bargalló (¡conseller en cap!), que se jactaba de ir sin corbata y se le adivinaba el pico de la samarreta -en plan marine- por debajo de la camisa negra o marrón. Joan Puig, con su cara de sómines, luciendo tripita en la piscina de Pedro Jota. Benach (grueso o delgado) en el palco del Barça con un auricular escuchando a Puyal. Carod gritando "mans netes" o "no ens acolloniran". Puigcercós (que también pasó de delgado a grueso); Vendrell, que parecía interpretar el Manelic de Terra Baixa; Tardà, que te recordaba al Mag Maginet, etc., etc. Ni una cara guapa, ni una camisa clara. No sólo eso: ni un currículum. Ninguno de ellos tenía una historia paralela a la política profesional. No es que muchos careciesen de un título universitario, sino que pocos habían ejercido una profesión liberal. Ya no digamos una actividad empresarial. Ni un éxito en la vida. Ciertamente, ERC es un partido con una triste historia. Más bien repugnante. Una historia de traiciones, arribismos y vuelo gallináceo. En la transición política eran un partido de abueletes nostálgicos de la caseta i l'hortet de Macià. Luego se apoderaron de él Colom y Rahola, que acabaron como el rosario de la aurora. Les sucedió la estética caganer. No dan más de sí. Ahora vuelven al hambre, tras haberse acostumbrado a un excitante tren de vida. A cargo del contribuyente, claro está. Se esperan largas terapias de adaptación.
Oriol Trillas
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miércoles, 1 de diciembre de 2010
Para mí, sí
Hay un tipo de gente a la que suelo darle una segunda oportunidad, aunque lo cierto es que en realidad los sentencio de por noche o acaso de por vida. Me refiero a esa gente que, en el restaurante (en el bar lo hacen menos), y cuando el camarero llega cargado de platos, sigue conversando, o riendo, o silbando, sin prestar un ápice de atención al servicio ni, llegado el caso, atender a la pregunta elemental, cardinal, de "¿el pollo para quién es?". Esa gente, en fin, que cree que ha venido al mundo a que la masajeen y que confía la suerte de que le sirvan su segundo a algún compañero de mesa que, preso de la vergüenza, interroga a unos y a otros para dar con el individuo que ha pedido pollo pero que, mira por dónde, detesta su perfume y aun su habladuría. Por eso entorna los ojos y, desde lo más recóndito de su reconcentrada displicencia, chasquea: "Para mí, sí". A ese tipo de gente me refiero.
A Trillas le hacía ilusión que abriera los comentarios y, en fin, tal vez haya llegado el momento de darle una alegría.
A Trillas le hacía ilusión que abriera los comentarios y, en fin, tal vez haya llegado el momento de darle una alegría.
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