martes 11 de enero de 2011
El barrio al que llega el Adriá
Ya no queda en el barrio nadie con quien beber y yo sé bien que tendría que darme por saciado, mas hay mañanas en que echo de menos aquella ventisca. En casi todos los portales habita alguno de los remitentes que, desde finales de los ochenta y hasta bien entrados los diez, se fajaron con la bebida cual si fueran poetas del 56. Era abrir el Roca (que fue María, Joaquín, Toni, Lluís, Equis, Dinou y es ahora X) y llenarse la barra de hombres y mujeres con carritos de la compra que, fingiendo un repostaje más o menos apacible, rompían en veneno al calor de la cuarta cerveza. En ese instante que solía ser destello, la verdura, el pollo a la plancha, la pieza de fruta y el tesito jornimans se iban difuminando para convertirse en un pack que, en cierto modo, también tenía un no sé qué de reglamentario. Entrañable era el momento en que, en la barra del Toni (que fue María, Joaquín, Lluís, Equis, Dinou y es ahora X), los premutantes andábamos orlados por un diablillo que, sostenido precariamente sobre nuestro hombro, no cejaba de gritarnos que una más, fuere esa una lo que fuere. Del ángel nunca supimos y aun no sabemos. Una vez cerrado el Lluís (que fue María, etc.), en lo que constituía una ceremonia que llevaba no menos de dos o tres horas, nos aguardaba el gran Mombasa, donde Isa, Andrés y Juanito servían los mejores margaritas que, en aquel tiempo, fueron posibles en la ciudad de Barcelona. En aquel tiempo, digo, y se preguntarán cuál; digamos que el tiempo en que los bares modernos, y era el Mombasa el más moderno de todos, todavía no cometían la indelicadeza de ofrecer copas de vino en plan 'hay que contentar a los guiris'. Y eso que en nuestro once de gala no faltaban extracomunitarios; Thomas., por ejemplo, eterno balón de oro que en estos días sobrevive a un infarto cerebral. O Mahmoud, que no hay día en que no repita lo mucho que ha dejado de beber, sin que a ningún premutante le extrañe ese cuantitativo. Habrá pejigueros que, creyendo abundar en los estragos de semejante conducta, pregunten por el sexo. Verán, en el barrio follábamos cada noche; la única incógnita era saber con quién. Aún hoy, en las cenas que culminan con Jameson y nostalgia, se cuentan las ascensiones de Marc el cojo. Marc, que se rompió la tibia como se podía haber partido la columna, tomó por costumbre rogarnos que, luego de los preceptivos lo-que-fuesen en el Mombasa, le ayudáramos a subir a casa de Pilar, que vivía en un quinto sin ascensor. Cual si Marc fuera un Cristo follador, a su grupa rezongábamos cinco costaleros que, sin rabia ni tormento, dábamos en levitarlo para, en el último aliento, depositarlo en el rellano de Pilar. Se cuenta la leyenda de que, en cierta ocasión, y habiendo dicho Marc que descargaría y punto, dos pretorianos aguardaron en el rellano a que descargara. Salir a hombros, dicen los metáforos. En cuanto a la música, mi tiempo comenzó con Carmel, medió con Kiko Veneno y concluyó con los Azucarillo Kings. ¿Que no saben quiénes son los Azucarillo Kings? Ah, la rumba azucarilla merece otro post. Insisto en que sus bailadores son, ignoro si gracias a Dios, bailadores rehabilitados. Se les distingue porque, a pesar de su empecinamiento en clavarse a la vida, el pie se les dispara hacia quién sabe dónde. Abre Adriá enfrente de casa y no veo el momento de agrupar a los premutantes en la barra y rogarles que finjan que salieron a comprar, de suplicarles que hagan puaj sobre el carrito de la compra e implorarles que suspiren qué misterio nos trae esta noche.
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2 comentarios:
Bello, húmedo, zorruno.
Julián
Ahora que los españoles se las dan de modernillos comiendo tapas de Adrià en ambientes smoke-free, propuesta azucarilla:
http://www.youtube.com/watch?v=74OJdapfvoc
Abrazos,
Ana
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