Entre las escenas de El verdugo que, aún hoy, veo con extrañeza o acaso pavor, figura la de la comida campestre. En el momento en que José Isbert empieza a relatar cómo toma las medidas del cuello a los ajusticiados (minuto 18:30 del vídeo), Nino Manfredi y Emma Penella se alejan del picnic (en el contexto que nos ocupa, el término es una mera licencia semántica) y dan rienda suelta a lo que, según parece, es un cortejo. Ella se avanza unos pasos componiendo una mueca que, durante el resto de la escena, oscilará entre el ensueño y la tribulación; es Manfredi, no obstante, quien abre un abismo de vértigo entre aquella España de gañanes y nuestros días, cuya concreción más depurada son, estoy seguro de que lo comprenderán, mis hijas o, por hilar más delgado, mis hijas ascendiendo la rampa de su escuela; rampa, sí, así llaman al repecho que les lleva a las aulas. Luego de que el personaje de Penella (Carmen, si no recuerdo mal) empiece a bambolearse, Manfredi va tras ella, recoge un pedrusco y, tras lanzarlo al aire tres veces, lo arrroja contra el brazo de su pretendida cual si ésta fuera un bolo. No parece que Berlanga haya injertado la pedrada con el afán estilístico que se supone a otros apuntes, como, por ejemplo, el de esa pareja que, en cuanto arranca el baile, se va con la música a otra parte en un sentido plenamente literal. No; la pedrada viene a ser el piropo del cejijunto, el fiufiu del cazurro, nada que, a mi juicio, esté destinado a llamar la atención del espectador. Lo que hiela la sangre es que, muy probablemente, se trata de la única expresión de afecto de que es capaz el personaje. A las mujeres, pedradas; a los reos, garrote y a los viejos, la habitación sin vistas. País de cabreros.
2 comentarios:
Desde el punto de vista de mujer certificó la cerrilez suprema de los machos ibéricos de mi generación. Darte un cantanzo era, en efecto, un requiebro galante. Mi peor experiencia la tuve con un gañán que se empeñó en llevarme a la era porque acepté su invitación a una Coca Cola.
Veva
Pepe, leo tu petición de ampliación de datos sobre la peladora de cerdos. No sé exactamente que es lo que te interesa del tema, pero lo ampliaré en plan general.
Mi marido padeció un duro trauma a sus 12 años, cuando su cerdo Toribio fue sacrificado sin darle más explicaciones. Toribio y mi marido eran amigos íntimos, se profesaban ese amor que los animales dan a la persona que cada día les da de comer. Años después, con el trauma a medio superar, se puso a trabajar en una empresa que fabricaba máquinas para mataderos, se le encargó el diseño de una máquina para pelar cerdos, quizá inspirado por el espíritu de Toribio, o bien porque a los 25 años se está en el apogeo de la inteligencia, Einstein descubrió la relatividad a esta edad, mi marido inventó la maquina peladora de cerdos, sencillamente, algo que no existía, antes se pelaban a mano. Funcionaba de fábula dejando al cerdo bien peladito. Este invento decisivo en la historia de la humanidad nunca le fué recompensado, no figura en ninguna Enciclopedia y todos los beneficios fueron a parar a su jefe. Así premia la humanidad a sus inventores. Desde entonces ya no ha inventado nada, nada provechoso, quiero decir.
Veva
Publicar un comentario en la entrada