lunes 17 de enero de 2011

La culpa fue del chachachá

Querido Oriol:

Como sabrás por el ulular de chochonas que hierve en la Mistral, el barrio anda de fiesta. Hace ya cuatro años que, por estas fechas, mis hijas me arrastran de fireta en fireta sin que, a día de hoy, haya descubierto la manera como esquivar el frenesí. Y eso que, desde los tiempos de mi condena graciense, las fiestas llamadas populares me sacan de quicio, sea por prurito de resentido o fiebre de converso, lo que, bien mirado, no es lo mismo pero es igual. El caso es que las niñas y yo hemos pasado el fin de semana subidos al pulpo (una rana, en realidad), el tren de la bruja y los autochoques, donde, por cierto, tuve la impresión de estar criando a dos matoncillas. Con todo, el apogeo no llegó de la mano del glorioso retumbar de Camela, sino en el transcurso de una actuación callejera que, anunciada en el programa como Cabaret para todos los públicos, llevó a multitud de padres e hijos al entarimado de Manso/Borrell. La nube de perroflautas que se agolpaba a la derecha del escenario debió haberme hecho sospechar, mas lo cierto es que, a las siete y media de la tarde del 14 de enero, todavía alimentaba la esperanza de que la inteligencia, siquiera en una expresión más o menos fortuita, no estuviera reñida con el agitprop okupa. Albert Pla es un genio, me decía, y a ese mantra fié mi instinto hasta que el show dio comienzo. Tras el primer número, una especie de farsa antimilitarista que no conocerá más gloria que estas líneas, Lola llamó mi atención: "Tengo vergüenza ajena; no saben nada de nada, sobre todo el que hace de sargento". He decirte que, en efecto, Lola habla con diéresis. Más estremecedora fue la segunda actuación, protagonizada por una joven maloliente que, a las primeras de cambio, empezó a hacer ventriloquía con dos muñecos (un decir, obviamente). En el arrebato de la conversación, uno de los muñecos profería que le pirraba colarse en los trenes, ir a manis y drogarse. Ah, y luchar contra el estado patriarcal; así, con todos las letras, pa-triar-cal. Los perroflautas que secundaban la actuación, o más bien acción, aullaban ante cada despropósito y aun añadían giros de su propia cosecha. Puta PP y esas cosas. Ni que decir tiene que, a esas alturas, la cara de Lola era un poema automático que sólo empezó a desvelarse cuando la maloliente gritó abajo el machismo: "Igual es subnormal, ¿no?". No habían pasado ni diez minutos cuando, más resignados que aliviados, pusimos rumbo a los autochoques, donde no hay trampa ni cartón. Iba yo adiestrando a mis pequeñas en el noble arte de embestir citando cuando pensé en el cabaret, en los muchos cabarets que, entre los quince y los dieciocho, me metí entre pecho y espalda. A menudo me lamento de haber dilapidado tantas noches en insurrecciones etílicas; hay días, sin embargo, y el sábado fue uno de ellos, en que no resisto la tentación de cargar las consignas al exceso; la ginebra de los poetas del 56, ya sabes. (Y así obrar como quien carga, a sabiendas de escurrir el bulto, la verdad a la cuenta del otario.)