Tothom a terra
En los días en que en Barcelona se debatía la conveniencia de dotarse de tranvías, un concejal opositor, no recuerdo su nombre, resolvió que, en cualquier caso, era preferible que los tranvías circularan bajo tierra para no entorpecer el tráfico. Su propuesta concitó la sorna del pleno municipal, y no se hizo esperar el valiente que, recogiendo a vuela pluma el rumor que electrificaba los bancos, advirtió a su adversario que el tranvía subterráneo ya existia: recibía el nombre de metro.
La anécdota viene a cuento de la ópera bufa que en estos días se representa en el Senado, en lo que constituye la enésima expresión de la dictadura de las minorías, unas minorías que, en el caso que nos ocupa, rebozan sus demandas en el más que discutible derecho a vivir en catalán, o en vascuence, o en gallego; en cualquier lengua, en fin, salvo en español.
Tras observar al animalillo con más melancolía que indignación, no puedo por menos de señalar que semejante trasiego de lenguas presenta una falla clamorosa. No en vano, la brigada de traductores contratados al efecto emplea como lengua de destino el español, siendo así que los senadores, por mucho que invoquen el derecho a la diferencia, terminan por oír las intervenciones en la misma lengua en que las oían hasta hoy; en el único idioma, por cierto, que, en virtud de su cualidad de común, hace posible semejante mascarada, ya que los traductores de vascuence-catalán o de gallego-vascuence son, afortunadamente, rara avis, como son rara avis en EEUU los traductores de inupiak-hawaino.
Como acostumbran los defensores del nuevo reglamento arguyen que esta clase de medidas inyecta vigor a las lenguas minoritarias, eternamente amenazadas, ay, por el todopoderoso castellano. En verdad, el único e insólito efecto del Senado multilingüe es la reducción de unas lenguas razonablemente útiles a la categoría de símbolo, esto es, a un andrajo formalista que, más pronto que tarde, será identificado con un peso muerto o, lo que viene siendo peor, un capricho.
Con ser llamativa, la babelización de la Cámara Alta no debería hacernos olvidar que estas operaciones de desguace (que lo son, sobre todo, de la inteligencia) están a la orden del día. Bastaba con ver, esta misma semana, a los representantes de las CCAA catalana, valenciana, murciana (¡murciana!) y andaluza, trabajando en Bruselas codo con codo por un proyecto común. Tal vez haya que recordar que ese proyecto común ya existe y se llama España. Lo que ignoro es si resistirá circunloquios como ése durante mucho más tiempo.
(Publicado en La Voz de Barcelona, 20 de enero de 2011)
1 comentarios:
Plas, plas, plas.
Veva
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