Hace cinco años, empotré el rostro en la puerta del Liceo en busca de inspiración y, sobre todo, de la hora a la que comenzaba el concierto. A mi lado, un gitano lacio repitió el gesto como si ambos jugueteáramos con la posibilidad de ser mimos especulares. Mi fortuito acompañante, algo más avezado que yo en las artes de la apertura, vislumbró a un portero de aire funcionarial al fondo a la izquierda. "Mira, quillo, ahí hay un tío." Insólitamente, el quillo de su aguda observación no era otro que yo mismo. No bien reconocí la principesca estampa del caló, la puerta comenzó a temblar a golpe de puño y baqueta. El funcionario salió al paso (vidriera mediante) y empezó a mover sus brazuelos de fetillo como aspas de ventilador. La Rambla y, en general, eso que Raúl del Pozo llama "el ruido de la calle", impidieron que mi cómplice y yo oyéramos nada. El gitano no se amilanó y siguió aporreando el vidrio. "Su puta madre." El ventilador claudicó y, con la misma traza de un aduanero franquista, dio en abrir la puerta. Le aguardaba una pregunta formidable:
-Los artistas, ¿por dónde entramos?
Así se empleaba Diego el Cigala para hablar de sí mismo y de su clan, que se había ido agregando a la cristalera sin que yo me diera cuenta.
Hace tres años, y mientras tomaba mi acostumbrada cerveza en la graciense plaza del Raspall, lo vi de nuevo. Ahí estaba Dieguito ordenando el patio, impartiendo doctrina, afinando el canon. No quise saber pero supe que los fans de Bruce Springsteen se reúnen en un club llamado Stone Pony. El Stone Pony de la gitanería se llama Resolís. A diferencia del bar del estibador de New Jersey, el Resolís tiene la desventaja de saciar utopías. ¡Ah, las aspas del funcionario! Resulta obligado contar que al Cigala le llaman Cigala por la notoria desproporción entre su cuerpo y la envergadura de sus brazos. Una vez que hubo saludado a los tíos a los que debe saludar cualquier gitano que recale en Barcelona, el Cigala se atizó un elixir de color ambarino y, tras musitar una soleá como si estuviera aquejado de incotinencia, abandonó el local entre vítores, honores y trautrautrau.
Traigo aquí al Cigala porque, últimamente, he tentado de nuevo su estampa a propósito de un disco que tan sólo admite el reproche de los cursis: puesto que lo distribuía en exclusiva el diario El País, su puesta de largo carecía del pedigrí de la compra FNAC o la descarga vía apple, esa manzana mordisqueada que es, hoy por hoy, la institucionalización cool del pecado original. Mas no mezclemos al Cigala con turbulencias que en modo alguno le son ajenas. Su álbum, Cigala & Tango, acaso tenga la insufrible peculiaridad de que amenizará las cenas de catetos que se celebren este verano en las masías vintage del Ampurdán, pero es, sin duda alguna, una noticia mayúscula. El título, por descontado, es falso. Nadie en su sano juicio se atrevería a afirmar que lo que borda el sobrino de Rafael Farina son once tangos; nadie que se haya calcinado con el soplo tibio de 'Por una cabeza', 'Cambalache' o 'Balada para un loco' sabría reconocer esa misma pulpa emocional en lo que desgrana El Cigala. No en vano, todo cuanto manufactura su garganta lleva tatuado su hierro.
Uno de los grandes malentendidos que envuelven la obra del Cigala es que su palmoteo ha supuesto la enésima revolución del flamenco. En su crepúsculo, todavía hay críticos que se niegan a admitir que el flamenco murió después de que Camarón de la Isla, en un requiebro galleguísimo, dejara en el aire la incógnita de si su casetería cerró una puerta o abrió una ventana, de si sus desplantes iconoclastas fueron los del último cantaor o los del primer cantante. La diferencia no es baladí. Al igual que Camarón, el Cigala jamás ha tratado de batir el record de respiración a base de quejíos. Así, y ahondando en la senda que mostró al mundo el de la Isla con La leyenda del tiempo y prolongó con Soy Gitano, su ambición estilística fue la de hilvanar un repertorio que se erigiera en cancionero. Hasta ese punto, insisto, no hay nada que distinga a Camarón de Dieguito el Cigala. Fue en 2000 cuando, en la iniciativa más audaz que ha alumbrado la música española desde que, en 1989, German Coppini grabara Flechas negras, Fernando Trueba le sugirió al Cigala que se metiera en camisas de cincuenta varas y midiera su poderío en la contraquerencia del bolero. Cinco años antes, Mayte Martín había hecho lo propio con Tete Montoliu en un directo en el Palau que suscitó la rendición del gran público. Lo que demostró El Cigala, en virtud de un efecto de puro relativismo, es que el ¡extraordinario! álbum de Mayte era un disco sin tacha, almibarado, fungible. Los boleros del cantante del Rastro, en efecto, no sólo evidenciaban que el flamenco podía, como dice la RAE, 'fusionarse', sino que los tabiques que separan los géneros (que son a la música lo que las razas al racismo) estaban hechos de pladur. En el camerino, el Cigala carraspea una soleá y el joven aprendiz de escritor repara en que la música no la gobiernan los musicólogos, ni esa paupérrima ortodoxia a lo "el mejor blanco es un tinto"; no, la música la gobierna la genialidad de una garganta macerada en whisky.
Cigala & Tango es una obra superlativa, es la decantación artística de un gitano sin fronteras que carga la suerte donde conviene a su gitanería, un ardor exclusivo y excluyente que revienta la estafa intolerable de que los poemillas de Carlos Gardel y Roberto Grela sólo admiten la facundia de Corrientes, la impostación del lunfardo y la reverencia a Maradona. Así y todo, El Cigala, zorruno por derecho, sabe a quién rendir pleitesía para no salir trasquilado del Gran Rex. No es casual que la primera canción sea 'Garganta con arena', donde aparecen incrustados el Polaco Goyeneche, Rubén Juárez y Aníbal Troilo. Mas que nadie se llame a engaño: bajo los adoquines de la rebeldía se yergue la consigna de los grandes guionistas hollywoodienses; de un William Goldman, sin ir más lejos: "Conozco las reglas, sí, y estoy aquí para transgredirlas". A medida que se suceden las canciones y la platea se funde, el Cigala tiene la osadía de hacerse acompañar por "el señor Juanjo Rodríguez", por "el señor Néstor Marconi", por "el señor Andrés Calamaro": hay en esos tratamientos de cortesía una nota de saturación que raya en el cinismo, en la intuición de que la barra brava del Rex ya no admite señores feudales, sino tan sólo príncipes. El día que me quieras. Se diría que al Cigala le irrita la cursilería de semejante peaje, de ahí esa faena de aliño que abrevia en la muleta para dejarse el toro sin matar y el "que eres mi consuelo" sin rematar. ¿Mi consuelo? En Casa Cigala se deja en "mi consué", ya la guitarra levantará el vuelo de una pieza que hay que sacudirse. Así toreaba Curro Romero. Una vez diluido el tango hasta lo innombrable, hay un conato de regreso al flamenco. Es entonces, en es preciso instante, cuando El Cigala aflora en su plenitud irreverente. Tomo y obligo. Entonada sin el flácido remordimiento con que los argentinos (¡y sus imitadores!) subrayan la bebida y el crimen pasional, contoneada a rebufo del vaivén inexorable del enamoramiento. Sus ojos se cerraron. Nadie ha pronunciado lágrimas, quebranto y llorar como el Cigala los pronunció en el Gran Rex a sabiendas de que no hay palabras que quepa tildar de inocentes.
Más allá de los allases, la grave admiración que yo profeso a Tango & Cigala es que se regalara con un diario socialdemócrata, que anduviera pisoteado entre devoluciones de periódicos. Ésa, y no otra, es la única posibilidad de que la cultura raye el suelo y rasgue el cielo.
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