viernes, 21 de enero de 2011

Vuelvo en un minuto

Cada día, luego de la piscina, paso por delante de un portal con aspecto de búnker en cuya placa se lee "low cost sex". Rara es la ocasión en que dicha inscripción no me lleve, cual si fuera una puertita del Sr. López, a una fantasía edénica y mortal. Lo primero que me vino a la cabeza (ahí sigue, adherido como un percebe) es la presunción de que el sector comenzaba a invocar la higiene mediante el sortilegio semántico. (Antes que higiene había escrito respetabilidad, pero lo cierto es que "low cost sex" no preludia lo que acostumbramos tener por decente, sino más bien una fechoría luminosa, el sudor perfumado de un Patrick Bateman, quien, por cierto, cada día me recuerda más a Cristiano Ronaldo.) Al poco, me pregunté qué clase de servicios procuraría ese low cost e, inevitablemente, fantaseé con posturas de una economía sin igual, con tocaciones de una sublime sobriedad; en la cima de la perversión, y del mismo modo que Adrià soñara el helado caliente, vislumbré yo el francés al vacío, el cóctel de pezones esferificados y el jacuzzi de sidral y petazetas. Después de todo, siempre he creído que el verdadero low cost no consiste en abaratar los precios, sino en acercar el lujo. Días atrás, le comentaba mis impresiones a un vecino y éste, con mohín de recelo, interpretó los descuentos con arreglo al sentido común, esto, es como un intercambio comercial en que primaban el sucedáneo, la estrechez, la penuria. Acaso dando por hecho, con euforia insensata, que el sexo que practicamos a rienda suelta es exactamente lo contrario.