Últimamente, ni siquiera aquellos posts de los que estaba más satisfecho, esos que te dejan la bobería en el rostro, me libraban de la sensación de intemperie. Sensación, digo, cuando lo cierto es que mi intemperie es cualquier cosa menos relativa. Sea como sea, y pese a la asfixia de los sucesivos proyectos profesionales (¡y sentimentales!) y el rompeolas del desempleo, con ese ramillete de estigmas que oscilan entre el autoodio y la perplejidad, seguiré tentando la escritura, que es una forma tan miserable como cualquier otra de tentarse uno mismo. No lo haré en la playa Libre, sino en este otro blog, que iré adecentando con el paso de los días. Es muy probable que el cambio de decorado traiga consigo un cambio de tono, pero soy incapaz de formular cuál es el horizonte estilístico al que aspiro. En ese sentido, sigo a la deriva; trataré, eso sí, de que esa deriva empiece a rendir algún fruto profesional (¡o sentimental!). (Quizá lo que me mueve sea bastante más simple, y en el fondo todo obedezca a una querencia taxonómica, a la necesidad de tener mis papeles en orden, ya que mi vida, de momento, se sigue resistiendo.)
martes, 8 de febrero de 2011
martes, 1 de febrero de 2011
Un fallo en matrix
Esta mañana, andábamos de charla el quiosquero y yo cuando hemos visto pasar a un joven con la desolación dibujada en el rostro. Veintipocos, tendría. Tras pasar tres veces frente al puesto, se ha detenido frente a nosotros y ha tomado aire. El quiosquero llevaba la réplica.
-¿No conoceréis por casualidad a una chica que se llama Sara?
-...
-Una tía superguapa, de unos veinticinco.
-¿Vive por aquí?
-Por aquí cerca, sí.
-¿Y no tienes su teléfono ni nada?
-Qué voy a tener.
-....
-Si yo os contara.
-...
-Anoche salgo de fiestuqui con unos amigos y acabo enrollándome con una piba que no veas; Sara, esa piba es Sara... Los dos bastante pasaos, en fin; bueno, yo todavía voy un poco pasao, pero me está bajando. Total, que se me lleva a casa y al llegar arriba me dice que si puedo bajar a por tabaco.
-¿Y?
-Coño, que ahora no sé regresar.
-Joder.
-Ya te digo.
Intervengo yo.
-Vamos a ver, en qué calle estaba ese portal.
-Una de éstas no sé, una que iba a dar al Paralelo.
-¿Y has ido Paralelo arriba o Paralelo abajo?
-Yo qué sé, ¿no ves que voy to pasao?
-A ver, por esa calle ¿los coches subían o bajaban? .-Al quiosquero-: Igual viene de Entenza.
-Creo que bajaban.
-Ven conmigo, a ver si encontramos el portal.
Tras una búsqueda de tres cuartos de hora (no exenta de recelo, pues tenía la impresión de que el joven no era sino un enfermo de pura melancolía que pretendía revivir un amor que acabó por desgarrarlo); tras peinar el barrio durante tres cuartos de hora, decía, he tirado la toalla. Ahora, no obstante, me está venciendo un desconsuelo que amenaza con llevarse por delante el orden del mundo. Un joven enfermo de amores recorre el barrio para licuarse hasta la eternidad en brazos de una mujer; una mujer, sola y sin tabaco, se pregunta por qué diablos su amante ha salido huyendo. Ante esa clase de extravíos, es probable que no quede más solución que reiniciar el sistema.
-¿No conoceréis por casualidad a una chica que se llama Sara?
-...
-Una tía superguapa, de unos veinticinco.
-¿Vive por aquí?
-Por aquí cerca, sí.
-¿Y no tienes su teléfono ni nada?
-Qué voy a tener.
-....
-Si yo os contara.
-...
-Anoche salgo de fiestuqui con unos amigos y acabo enrollándome con una piba que no veas; Sara, esa piba es Sara... Los dos bastante pasaos, en fin; bueno, yo todavía voy un poco pasao, pero me está bajando. Total, que se me lleva a casa y al llegar arriba me dice que si puedo bajar a por tabaco.
-¿Y?
-Coño, que ahora no sé regresar.
-Joder.
-Ya te digo.
Intervengo yo.
-Vamos a ver, en qué calle estaba ese portal.
-Una de éstas no sé, una que iba a dar al Paralelo.
-¿Y has ido Paralelo arriba o Paralelo abajo?
-Yo qué sé, ¿no ves que voy to pasao?
-A ver, por esa calle ¿los coches subían o bajaban? .-Al quiosquero-: Igual viene de Entenza.
-Creo que bajaban.
-Ven conmigo, a ver si encontramos el portal.
Tras una búsqueda de tres cuartos de hora (no exenta de recelo, pues tenía la impresión de que el joven no era sino un enfermo de pura melancolía que pretendía revivir un amor que acabó por desgarrarlo); tras peinar el barrio durante tres cuartos de hora, decía, he tirado la toalla. Ahora, no obstante, me está venciendo un desconsuelo que amenaza con llevarse por delante el orden del mundo. Un joven enfermo de amores recorre el barrio para licuarse hasta la eternidad en brazos de una mujer; una mujer, sola y sin tabaco, se pregunta por qué diablos su amante ha salido huyendo. Ante esa clase de extravíos, es probable que no quede más solución que reiniciar el sistema.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)